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miércoles, 30 de enero de 2013

Es tan fácil





1. Una vez, cuando yo era adolescente...
1. Una vez, cuando yo era adolescente...
Una vez, cuando yo era adolescente, agarré un libro de Hegel, lo abrí por el medio y leí: “El principio es el pensamiento”. Cerré el libro enseguida, delirando de fascinación. Luego olvidé la sentencia durante un cuarto de siglo.
Todavía conservo el libro. Es un ejemplar de mi primera colección: Los Grandes Pensadores. Se titula: Introducción a la historia de la filosofía. No es en realidad un libro escrito por Hegel, sino una reconstrucción póstuma de sus clases en la universidad. Yo no había tenido ningún contacto con los libros hasta esos días. Después, siempre los miré medio de lejos, pero nunca dejé de leer algo. La tapa del libro de Hegel es marrón, con letras y filetes dorados. Casi seguro, la frase que leí al voleo no fue exactamente aquella. Tal vez haya sido: “Lo primero es el pensamiento”; en cualquier caso, recuerdo algo así. Hasta hoy, si bien lo hojeé más de una vez, nunca leí ese libro. Con razón o sin ella, Schopenhauer y otros me enseñaron a difamar a Hegel (pero los pocos párrafos que leí de éste también ayudaron). Sin embargo ahora —desde hace tiempo, en realidad—, me gustaría leerlo, aunque pueda sufrirlo un poquitín, como leí Ulises, aunque lo sufrí. Porque voy madurando, y me queda bien. Voy hacia mi fin y, en una parte del horizonte, veo mis orígenes (refrendo a Eliot por vez n-ésima). Recupero lo bueno de aquello con lo que crecí, e incorporo elementos que, para aquel muchacho que fui, hubiesen resultado inaceptables. Los círculos y las hipérbolas son secciones cónicas.
2. Hegel
2. Hegel
Una vez, durante los años en que me transfiguraba, me derrumbé sobre un sillón metálico, casi exánime. Tan sólo moverme me representaba un esfuerzo. Entonces me hundí en mis pensamientos. Me dejé llevar. El camino era sinuoso, delimitado por ansiedades. Era un asfalto de sosiegos, con arcenes de pequeñas contrariedades. En ciertos tramos, tenía guardarraíles que me separaban de las grandes preocupaciones —cristalizadas, anquilosadas—. Cada tanto, encontraba mojones kilométricos que me ubicaban en el mapa de mis problemas —vitales, capitales—. El camino te lleva. Fue una de mis primeras experiencias. Mi decaimiento físico cedió una media hora después de haberme sumergido. El pensamiento lo había logrado. “Si no tenés ganas de hacer nada —sentencié más tarde—, tenés necesidad de pensar.” No obstante, éste era un pensamiento mucho más exploratorio que resolutivo.
Es tan fácil. Todo el tiempo, se diría. Sólo tenés que pararte a pensar. Pero lo normal no es esto. Lo normal es una más bruta dinámica de la vida, sin mediaciones reflexivas. Uno parece siempre llevado por las circunstancias, como una corriente por una tubería. A veces con flujo laminar, otras con flujo turbulento, pero siempre lanzado por las tuberías. Creo que desde el principio le di a la frase de Hegel un sentido práctico, seguro que totalmente distinto al que le habría dado el filósofo. Siempre quise saber cómo alcanzar la felicidad. Hacia la felicidad siempre apuntaron todas mis reflexiones prácticas. Pero me rehúso a entrar en esto aquí, pese a que precisamente de esto se trata. En fin, que es tan fácil. Por ejemplo: En lo inmediato hay un oscuro panorama; entonces vos tratas de escapar. La negación parece la única alternativa. Pero mirá, he aquí que te parás y lo pensás. No hacés nada, pero tampoco te evadís. Simplemente, te quedás quietecito ahí… O bueno, hacé tiempo. Boludeá un poco, mirá el reloj, suspirá. Mirá el reloj. Date unas vueltas por el lugar. Son formas de no hacer nada (salvo lo del reloj), para pensar. Primero, pone tu mente ociosa; luego, pensá en tu preocupación inmediata, lo más específica posible. Proyectá… ¡Ay!, me pongo edificante.
3. Darín, mirando un poco hacia abajo...
3. Darín, mirando un poco hacia abajo...
Como Hegel, Ricardo Darín me enseñó algo una vez (eso fue antes de que cuestionara a mi amada presidenta —a propósito: me defino como un “kirchnerista erótico”, por lo menos—, lo cual no tiene nada que ver, pero lo digo para aportar una nota de color). Fue en la película “El Aura”. Ahí Darín hacía de un tipo que pensaba bastante. Pensaba en el sentido práctico del término, que es el que importa aquí. Pensar para actuar (realmente), conformando voliciones. El personaje de Darín, hasta donde recuerdo, podía pensar aun en situaciones de máxima tensión. No era de la pesada (aunque fantaseaba con ser ladrón), ni un tipo duro, pero sabía estarse tranquilo, y pensaba. Casi calculaba. En mi recuerdo aparece con aire taciturno, mirando un poco hacia abajo con ojos ausentes, reflexionando. Si no me equivoco, ese aire pensativo acompañó a Darín en varios de sus papeles. En fin, que me gustaba como actuaba. Igual, al diablo con Darín: Tenés un problema práctico, digamos que uno pequeño, quizá cotidiano. Entonces, tal vez tiendas a fluir por las cañerías, hasta la alcantarilla y más allá. En ese caso, no obstante, si te parás a pensar un poco, podés llegar a darte cuenta de que el problema es fácil de resolver. Es tan fácil. Por lo menos si tenés un poco de cabeza, lo cual es el caso de la mayoría de la gente. Y sin embargo, hay sujetos que son capaces de solucionar problemas teóricos extremadamente complejos, pero que en su vida práctica obran como idiotas. En eso fui un maestro. Ahora no, porque estoy mejor. Incluso estoy por mejorar hasta la categoría de “aprendiz de idiota”. No ser más tonto que eso ya es un logro enorme.
Sé que me muevo por el borde del infinito. La filosofía es el infinito. Pero me ando con cuidado para no caer en el abismo. Sólo te digo lo que te dijeron todos: tomate una pausa. La famosa pausa. Como la del Vasco Olarticoechea. Tenés un problema, grande o chico, y te parás a buscar la solución. Es increíble lo trivial que suena esto… Pero no voy a ponerme a la defensiva. No voy a entrar en el tema de la autoayuda, los chantas y la espiritualidad berreta. Con todo, quiero decir que debajo de las trivialidades nadan cardúmenes de verdadera información. La idea es practicar la pesca de lo no trivial, es decir, de las palabras que realmente nos digan algo.
4. También tiene buenos músculos, ¿no?
4. También tiene buenos músculos, ¿no?
No siempre tenés que pensar en lo que te preocupa. Si por haber considerado demasiado un problema de modo pusilánime, ya estás trastornado, dejalo para cuando vuelvas a estar tranquilo —i.e., hayas recuperado el control, se te haya ido la obsesión, se hayan drenado los miedos arbitrarios—. De última, hacé cualquier mierda adictiva o sensual que te saque de ese estado, que te ponga la mente en otro lado. Mirá boludeces en la tele, por ejemplo.
Esos tipos que se pasan la vida pensando en sus problemas sin basarse en las experiencias correspondientes son todos putos. Son como los físicos entre Aristóteles y Galileo. Son más putos que los que jugaban Barcelona contra Barcelona en el PES 2012. Pensar de ese modo está bien en matemática, en parte en metafísica, pero de ningún modo está bien en la vida práctica. Esos pensamientos son puras confusiones mentales. En una palabra, son cosa de gallinitas. Además, esos tipos muy inteligentes que se ahogan en un vaso de agua son todos unos psicóticos, sin conexión alguna con la realidad. Los vuelteros enfermizos consideran que, a diferencia de los suyos, los problemas de los otros son fáciles de resolver. Pero luego vienen los otros y los hacen recapacitar, hasta que todos juntos deducen que la dificultad es omnipresente. Tienen la mirada turbia; los ojos vidriosos, inyectados de sangre. Se les cae un chorro de saliva por un costado de la boca. Luego, alzando sus vasos de granadina o tamarindo, brindan por la dificultad insuperable de todos los problemas. Es tan fácil. Pero claro, el tema es que a los problemas de los otros los ven desde fuera, mientras que a los suyos los ven desde dentro. Sin embargo, la verdadera dificultad radica en que ven sus propios problemas en condiciones anormales de presión y temperatura. Es que el miedo es una lente totalmente deformada, y para peor con muchos aumentos y aberraciones. Todo el mundo lo sabe.
5. Mirando con ojos ausentes, reflexionando
5. Mirando con ojos ausentes, reflexionando
Por lo menos cuando es injustificado —es decir, cuando no hay un león ahí que quiere comernos—, el miedo cede con el paso de los minutos. La ansiedad tiene su curva natural de disminución, pero, desde la perspectiva de la voluntad, lo único que hay que hacer para disipar el miedo es no alimentarlo con pensamientos pusilánimes (de pajero). Y otra cosa: Cuando llegamos a un plan, el desgano se convierte en ganas. Y otra cosa más: A la experiencia “espontánea” que acumulamos en la vida, habría que sumarle experimentos rigurosamente controlados. Luego habría que analizar amplias zonas de la experiencia total para conocer mejor nuestras regularidades. Etcétera. Habría muchas cosas más que decir… Pero el hecho crucial parece ser que uno podría conocer todas estas cosas de manera teórica y, no obstante, seguir fluyendo por las cañerías, hasta el pozo negro. Así que tranquilo. Pará la máquina y quedate quieto por un rato. Si es necesario, da un primer paso errático para que se te despeje la cabeza. Respirá (¿por qué no?). Sentate, rascate la cabeza, mirá al techo. Hacete sonar el cuello, inflá el pecho, espirá. Dejá caer los hombros. En serio: no hagas nada por un rato y examiná la situación. Tenés que adquirír el hábito de actuar con inteligencia. Tenés una larga vida de experiencias en la cual basarte, y a la cual nunca le sacaste bastante partido. Si vieras tus problemas desde fuera, te cagarías de risa. Pues bien, lo más parecido a eso es pensar cuando te hayas serenado…
Igual lamento no haberte sido de ayuda. Todo esto vos ya lo sabías. Pero encarná el verbo, ¿eh?

sábado, 17 de noviembre de 2012

Ejecución rusa




1. La zarigüeya Didelphis albiventris
1. La zarigüeya Didelphis albiventris
Dale, no jodas, no des vueltas. Un escrito corto implica que no pienses casi nada. Sólo elegí el tema, porque si no las palabras se multiplican y vas muerto. Aprendiste muchas cosas en el último tiempo. Adelante. Sí, sí, en efecto, la entrada sobre tu abuela. Vos eras un chiquillo de unos diez años, tal vez menos. Estabas en la quinta de verduras, cerca de la antigua casa de los peones. En frente estaba el amplio gallinero. Entraste con tu abuela… Pero alto, porque al bicho ya lo habías visto antes. Primero hablemos de eso. Creés que había sido al poco de levantarte. Por ese tiempo te levantabas temprano, como un chico normal. Se ve que sabías lo de la trampa desde el día anterior. Probablemente, cuando te levantaste tu madre te dijo que había funcionado. Entonces fuiste solo al gallinero. Te acercaste con sigilo, cauteloso por el miedo. Más acechando con “c” que asechando con “s”. Interrupción. ¿No debería escribir sobre otra cosa? ¿Algún tema filosófico, tal vez? Porque hace tiempo que quiero deslumbrar al mundo con mis reflexiones sobre el presente, verbigracia. No. Callate. Volvé a tu niñez en el campo. Te acercaste al gallinero y, en su interior, viste al animal. Se había sospechado que era una comadreja. Pensaste que lo era. Luego todos por allí declararon que lo era. Sin embargo hoy, después de decenios, no estás seguro. Tendrías que googlearlo. Pero no lo hagas ahora, sino durante la corrección de este texto. No ahora, no pierdas el hilo. ¡Modérese, Herr…!
2. El bicho
2. El bicho
Salto al futuro (corrección). Prolongada investigación en Internet. Breves datos transcriptos. Probablemente se trataba de una zarigüeya, de la especie Didelphis albiventris, la mal llamada “comadreja” —y calificada de “overa”, “mora”, “picaza”, etcétera— en Argentina. Viendo las fotos, el animal coincide muy bien con el recuerdo. La zarigüeya es un marsupial, como los canguros, mientras que la comadreja es un mustélido. La zarigüeya es omnívora, como el hombre, mientras que la comadreja es carnívora. En cierto sentido, la zarigüeya es una de las especies más antiguas del planeta. Se sustituye “comadreja” por “zarigüeya” en lo que resta. Gran compasión por las crueldad con que se mata a estos animales. —Ver aquí informe de la ADAY (México).— El caso aquí referido es sólo uno más (pero la pluma es diferente). Dados los miles de millones que somos, una parte de nosotros es un absoluto estereotipo. Mínima “complejidad efectiva”, en términos de Murray Gell-Mann. Se nos determina con dos o tres líneas, tan sólo algunos ceros y unos en la memoria de una computadora. Una parte de nosotros. Salto al pasado (primer borrador).
El bicho estaba ahí, en silencio. Pese a la funesta situación en la que se encontraba, parecía moverse con tranquilidad; incluso con gracia, se diría, casi con encanto. Lo viste a la distancia, a través de la malla del alambrado. Estaba hacia el fondo del gallinero, al lado de un árbol interno. Ni se te ocurrió entrar para acercártele. Pero ya desde lejos sentiste compasión por él. Era el bicho que se había comido varias gallinas, pero estaba allí, indefenso. Recordás cómo tu abuela había enarbolado una pata de gallina, el resto intacto de un banquete de la zarigüeya; recordás cómo la había blandido en el aire, amenazadoramente. La trampa había agarrado al bicho por la cola. Una trampa sin dientes, herrumbrosa, no muy grande. Acaso una trampa para animales del tamaño de las zarigüeyas. La cola de la zarigüeya casi no tiene pelo (por eso, supongo, en Venezuela le dicen “rabipelado”). Pobre animal. No tuvo la suerte de morir enseguida, digamos que por acción de la misma trampa. Sin embargo, dado la gran resistencia de estos animales, es dudoso que una trampa como aquélla la hubiese matado. No tuvo suerte. Interrupción. No sé si una entrada sobre el presente quedaría bien a esta altura de la actual serie de textos. Tendría una complejidad filosófica que me preocuparía bastante, por su disonancia. Ya en el ensayo sobre el paralítico tal vez hayan disonado algunos fragmentos filosóficos. Igual no estoy seguro de mi postura sobre las disonancias aquí. Disonancias derivadas de la abstracción y los tecnicismos. Pero hay otra cosa que ahora me preocupa más: es que no revisé la variación temática de la serie y no sé si una entrada sobre el presente quedaría bien ubicada en este punto. Porque realmente me gustaría que la serie llegase a estar compensada temáticamente en aras de un eclecticismo que sin embargo no está completamente delineado. No te preocupes por eso ahora. Después lo mirás. En la próxima te fijás sobre qué tema quedaría bien la próxima entrada. Ahora volvé a tu infancia.
3. La “verdadera” comadreja
3. La verdadera comadreja
Entonces era la mañana y estabas solo. Te quedaste mirando a la zarigüeya a través del alambrado. Estaba acostada; te daba la espalda. Parecía lamerse, a veces mordisquearse. Cada tanto se levantaba y, en la medida en que su cola apresada se lo permitía, giraba un poco para colocarse en una postura más cómoda. Tenés la impresión de que hacía frío. La zarigüeya tenía el pelaje largo y parado, un poco hirsuto. Te hace acordar a Chicho cuando está acostado papando moscas. Chicho es tu perro más viejo. Le dicen Chicho, pero se llama Alien. Chicho lanza fulmíneos ataques a las moscas; somete a las hormigas a tremendos exámenes; mordisquea en éxtasis sus pulgas; hinca su colmillo en alguna garrapata inflada de sangre. Chicho también se levanta a veces, gira sobre sí mismo y se vuelve a acostar. Ambas imágenes, la de la zarigüeya y la de Chicho, distan más de treinta años. La zarigüeya no chillaba. No sabés si su cola apresada la hacía sufrir mucho, pero si lo hacía no se notaba, salvo quizá por su búsqueda de nuevas posturas. Creés que hacía frío. Tal vez porque su pelaje estaba largo y parado. No, la zarigüeya no se encontraba bien en ninguna postura. No era para menos, porque tenía la cola apresada. Te parece que la trampa le había agarrado la punta de la cola, pero, aunque así fuera, no sabés si por eso habría sufrido menos. Igual ahora te parece que sufría. En silencio, eso sí. No chillaba; ni siquiera gemía. Parecía resignada. O no sabía lo que le esperaba. No podía comprender lo que le estaba sucediendo, por qué tenía esos hierros apresándole la cola. Interrupción (casi sin aliento). Debo encontrar un lugar para mis escritos filosóficos. Tal vez un blog aparte. Seguro que esos escritos, esas “investigaciones”, no me demandarán tanta corrección literaria. No van a ser textos sencillos, pero serán grandiosos. Sí, ya sé. Querés enseñarle a esa gente lo que es filosofar a lo grande. Pensás que desde Leibniz nadie volvió a filosofar a lo grande. Alguien podría mencionar a Hegel como una excepción, pero vos de Hegel no sabés una goma. Sólo sabés lo que te contaron. No importa.
4. Comadreja menor (Mustela nivalis)
4. Comadreja menor (Mustela nivalis)
Volviste al gallinero más tarde, pero esta vez con tu abuela. Ella venía de cortar verdura, seguramente lechuga o acelga. Tu abuela era eslava. Era bajita y maciza. De ella heredaste tus piernas poderosas. Usaba pantalones como los de un hobbit. Era brava, la rusa. Entraron en el gallinero. Tu abuela se acomodó el pelo rubio y lacio; lo llevaba corto y peinado hacia el costado y hacia atrás. Miraba al bicho. Vos mirabas alternadamente al bicho y a tu abuela. Tu abuela era fuerte, un poco gorda. Mirabas sus ojos del color de un cielo de verano sobre la nieve. Celestes, con asomos de frío azul. Su mirada iba encendiéndose mientras se acercaba a la zarigüeya. Sus ojos se cargaban de furia homicida. Helena Romanowicz. La querías. Interrupción: ¿Qué haré con la física? Estudiala. ¿Qué haré con mi novela filosófica? Por lo pronto, corregila hasta el final. ¿Podré entregarme a mi obra como Schopenhauer, en el mar de la indiferencia, ignorado y despreciado por los cerebros vulgares? En el peor de los casos, chico, en el peor de los casos. ¿Es mi música demasiado buena para los vieneses? No se trata tanto de cuán buena sea, sino de si se ejecuta o no en la corte del rey. ¿Qué haré con mis investigaciones eudemonológicas? Como en el principio, encontraste un lugar para ellas en tu diario. ¿Y con mi Sistema, y con mi metafilosofía? Terminalo todo. ¿Se dividirá la especie entre seres hermosos y estúpidos, por un lado, y monstruos subterráneos y caníbales por el otro? Volvé a tu infancia. Tu abuela agarró un palo. Mi abuela. Todavía parecía tranquila, como un experimentado verdugo. La zarigüeya se levantó cuando llegamos hasta ella. Se volvió hacia nosotros y miró a mi abuela. No es probable, pero me figuro que en su mirada había un pedido de clemencia. Mi abuela empezó a pegarle con todas sus fuerzas, y a cada golpe su cólera se expresaba más. “Vos querías mis gallinas, ¿eh?”, le decía al animal. Yo, inmóvil, miraba la ejecución. Una sorda compasión me embargaba, acallada por la impresión y el abismo. A cada golpe, me compadecí, pero era como si aquello debiera ocurrir. No puedo entenderlo. Su cabeza estaba ensangrentada. “Yo te voy a dar mi gallina”, le decía mi abuela, y le pegaba más. La molía a palos. “Yo te voy a dar gallinas a vos.” Mi abuela mostraba los dientes. Tenía postizos, pero algunos eran de ella. Acaso los colmillos amarillentos. Tomaba mucha leche. Le gustaba el queso y el cerdo. Como en su Rusia natal bajo la nieve.
La zarigüeya tuvo convulsiones antes de morir. Era aterrador, algo increíblemente horrendo. Estiraba el cuello, como queriendo alejar la cabeza de la zona de los impactos. Pero igual mi abuela le rompió la cabeza. La zarigüeya murió, pero mi abuela le siguió pegando después de eso. El bicho seguía moviéndose, es cierto, pero sólo por la fuerza de los golpes sobre su cuerpo. La furia de mi abuela parecía exigir una satisfacción adicional. Yo no hice ningún sonido en ningún momento. Cuando todo terminó, me fui en silencio. Mi abuela no era lo que se dice una mala persona, sino más bien todo lo contrario. Quería a los suyos, hasta el final. Tenía carácter, era fuerte. No le fueras a tocar a los suyos. Ni siquiera a sus gallinas: sólo ella podía matarlas, cortándoles el cuello. Y no era lo que se dice una mala persona, sino todo lo contrario. Podía ser la mar de dulce con sus dos nietos. Recuerdo que una vez me dijo: Yo no tengo miedo, yo no hago mal a nadie, pero si me tocan a mi familia yo voy a luchar hasta la “morte”. Mi abuela nunca aprendió bien el español. Decía “levórver”, por ejemplo, en vez de “revólver”. Era una mujer guapa y graciosa. Era graciosa en el mejor sentido del término. Y era una mujer a la que le gustaba la alegría.
5. La pobre “comadreja overa”
5. La pobre comadreja overa
Tópicos o trivialidades: El gregarismo y la guerra están en nuestra naturaleza. Cuidamos de los nuestros y nos defendemos sin piedad de los invasores. Somos afables con nuestras crías y aterradores con nuestras presas. Domina el más fuerte. El poder de los pobres radica en su número frente a los ricos. Como todo el mundo sabe, el capitalismo es la versión cultural de la ley de la selva. Y la guerra verbal no tiene nada de pacífico, o no más que el boxeo. Tal vez todo esto sea superado alguna vez, pero sólo con el paso de los eones. Hay santos, pero son pocos. También hay personas realmente diabólicas, pero por suerte también son pocas. Quizá alguna vez nos preocupemos por el bien de todos los seres vivos de nuestro alrededor. Pero el problema es que, por más grande e inclusivo que sea nuestro grupo, siempre habrá un extranjero, un bárbaro. Esto es verdad a nivel cósmico. Cuando el último extraño sea comprendido, el tiempo se detendrá.





martes, 16 de octubre de 2012

Peinar una línea




1 lectura
Lectura y frula (I)
2 frulaPara mí leer es como peinar una línea. No leí a Martin Amis. Parece que algunos sujetos trabajan mientras toman cocaína. Aspiran, trabajan, aspiran, alternadamente. Peinar y aspirar cocaína, se diría, les da un estímulo para seguir adelante. No sé muy bien por qué lo comparo con lo mío. Por los vicios de la noche me levanto a la tarde. Entonces todas las actividades prácticas me parecen mucho más allá de mis posibilidades. No es que me sienta incapacitado para hacerlas, sino que experimento tal aversión hacia ellas que, al mirarlas en perspectiva, me parecen un tormento. Entonces necesito leer. A veces estudiar, o escribir, pero leer es lo que más funciona. Cuando me levanto estoy perdido y voy en mi busca. Creo que esto es una consecuencia de los malos hábitos. En fin, que agarro el libro y empiezo a pasar las líneas. Las aspiro como oxígeno para mi cerebro. Tengo a todos prohibido que me vengan con problemas cuando me levanto, porque en ese momento los problemas me atormentan y encolerizan. En todo caso, sólo permito que me anuncien problemas graves e impostergables: accidentes, crisis, desgracias. En casos así, sólo me queda padecer los problemas, pero en forma multiplicada. De todas maneras, trato de tomarme todo el tiempo posible antes de enfrentarlos. Si un sujeto está muerto de hambre, como quien dice en piel y hueso, incluso levantar su brazo puede costarle un esfuerzo. Hay gente que se muere de hambre. También hay gente que se muere por un vacío del alma. Junto a otras cosas, leer es para mí el mentado alimento espiritual. Pábulo del alma. Aprendí la palabra “pábulo” cuando leí La misión teatral de Wilhelm Meister.
3 lectura
Lectura y frula (II)
4 frulaCuanta gente se habrá matado por no haber descubierto que lo suyo era lo intelectual, o por ni siquiera haberse enterado de que existían los bienes del intelecto. Tenés que probar el espíritu para ver si te gusta, pero no es fácil de probar. En esto se parece al whisky. El tema del pábulo espiritual ha sido y todavía es una de las grandes cuestiones de mi vida. Si no estoy espiritualmente engrandecido, me dije siempre, no puedo ocuparme de cuestiones prácticas. Pero aclaro que para mí engrandecerme espiritualmente es hacer algo intelectual, y no ponerme en alguna postura de chino. En este sentido, leer es lo más eficiente. Es ir a lo seguro. Estudiar, escribir o incluso pensar: todo eso es más incierto, y menos contemplativo… En suma, que me levanto mal y, como discapacitado, repto hasta mi escritorio. Antes me vestí, me lavé y me peiné; tomé psicotrópicos, mate y café instantáneo. Más café que mate, pero antes era distinto. A veces postergo los remedios, sin embargo, e incluso el desayuno hasta después de haber leído los primeros párrafos. Actualmente leo un volumen de, y sobre, Leibniz. De cabo a rabo y exclusivamente, y esto es muy importante: un mundo, la piedra filosofal, lo que cambió mi vida, pero no viene al caso. La cocaína es blanca como el papel. Las palabras son líneas de signos negros. Tras leer los primeros párrafos ya me siento mejor. Entonces respiro hondo y hago el primer examen de la situación, del día que empieza. Luego leo más, luego paro, luego vuelvo a examinar la situación. A veces repito el proceso varias veces. Y así las tareas prácticas, las responsabilidades, lo cotidiano, lo natural, lo doméstico, lo normal, lo prosaico, todo eso empieza a parecerme cada vez más posible. Y sigo así hasta que ya me parece algo, como decirlo…, a la mano.
5 lectura
Lectura y frula (III)
6 frulaLos hiperobesos mórbidos muchas veces mueren jóvenes. Los sabios verdaderos muchas veces llegan a viejos. Peinar una línea, leer. ¿Serán los cocainómanos lectores reprimidos? Parece que, cuando son muy adictos, aspirar cocaína les da estímulo para seguir adelante. Pero por ahí nada que ver. En cualquier caso, a mí la lectura sí me da ese estímulo. No leo mucho, no obstante, y yo me lo pierdo. Espero leer cada vez más. Si me voy al cielo, espero que se pueda leer allí. Y si no, por lo menos seguiré leyendo en cada hora en la que leí. Yo sé que las siguientes expresiones suenan vulgares y afectadas: Lo necesito para vivir, Me llena, Es como el aire que respiro… Frases hechas. Todo tan trillado, tan abyecto. Un sujeto declara el lugar común para darse más talla de la que tiene. Pobre chabón; pobre mina. Inconscientes. Si se vieran como algunos los ven, se morirían de vergüenza. Se darían asco. La inconsciencia nos protege del dolor. La felicidad permitida por la ignorancia, y eso. Retomo: No sólo me pasa al despertar. A veces necesito aspirar palabras a la tarde, a veces de noche. Retrocedo: Los que se dan aires a veces despiertan un amor candoroso. Un niño pequeño, una chica medio tonta, un anciano que narra las proezas de su juventud. Pero hay sujetos que haciendo lo mismo provocan náuseas. No importa. A veces me doy sobredosis de televisión. Termino destruido. Repto al fin hasta mi escritorio, o hasta la cama, y leo. En cierto modo, leo meticulosamente, pero sin detenerme. Pronuncio bien las frases en mi cabeza y no paro hasta, paradójicamente, recobrar el aliento. Entonces me voy transformando en un hombre nuevo. Empiezo a sentirme tan contento. Se disiparon las nubes de nervios; se licuaron los coágulos neuróticos. Me desperté de una pesadilla de gusanos grises y hierros helados. ‘Pestilencia de estanque entre lo yerto’, escribió un amigo. Pero ya pasó. Ahora puedo ser un hombre normal. Hacer las actividades prácticas que me impone la vida. Realizar un trámite, cambiar una cerradura. Bañarme, ataviarme. Convertirme en caballero para las damas y en amigo para los hombres.
Porque aspiré el viento de los dioses. Porque toqué la solidez de las palabras talladas sobre la página. Porque me comuniqué con los que pensaron, explicaron o contaron algo. O simplemente porque satisfice mi necesidad, una que no todos tienen. Hay gente que no lee un libro en toda su vida y que no es infeliz por ello. Ya no los desprecio. Sólo digo que no es mi caso.

lunes, 6 de agosto de 2012

Filosofía paralítica




Imagen gratuita
El tipo no aguantaba más. No podía esperar, tenía que escribir su texto. Acaso todo el texto debía ser escrito esa misma noche. Pero no estaba en condiciones de hacerlo: tenía la cabeza aturdida, las emociones coaguladas, los nervios congestionados. Y respiraba poco. Era como si respirar correctamente amenazara con despertarlo a la conciencia del dolor. De esta manera, respirar poco semejaba una pulsión de muerte. Pero el tipo no creía en esas cosas; debía haber otra explicación. El instinto de supervivencia debería ser realmente básico, omnímodo, aunque muchas veces pareciera lo contrario. Se relajó, resignado. Igual escribiría lo que pudiera, porque su urgencia por hacerlo no tenía contemplaciones. Por eso escribió, pero solamente un párrafo, lo que le dejó una sensación de grotesco. No obstante, con eso quedó exhausto y libre de necesidad literaria. Comenzaba un artículo sobre Hawking. Hubiese querido esperar a que el material estuviese preparado, pero no pudo hacerlo y escribió aquel párrafo. Había comenzado a escribir de todas formas excusándose en su urgencia, es cierto, pero también consolándose con la idea de que luego escribiría un ensayo normal, prolijo. Sin embargo, su proyecto de escribir una segunda versión prolija se vio tan malogrado como su proyecto inicial de aquella noche.
El tipo improvisó su proyecto inicial poco antes y durante la escritura del primer párrafo. Pero a pesar de la improvisación, incorporó en él aspectos metodológicos muy específicos. Citaría de memoria a medida que los fragmentos del libro de Hawking (y Penrose) fuesen surgiendo en su conciencia. Incluso citaría mal, si la presión de su mente así lo imponía. También había incluido en el proyecto algunos detalles caprichosos: Citaría los números de página con palabras, y no con números; escribiría “doce” y no “12”. Las citas no aparecerían entre comillas o separadas por renglones en blanco, sino en cursiva: —En vista de esto —había considerado el tipo obsesivamente— habrá que saber distinguir las citas de las palabras aisladas que yo ponga en cursiva por motivos de énfasis.
Al otro día el tipo borró el párrafo que había escrito, aunque conservó las dos primeras oraciones. Luego continuó escribiendo. Stephen Hawking no le gustaba.

Proyectado sobre Senate House

Martins le había dado la noticia de que el libro había salido. Miró online el stock en un par de librerías de Corrientes, pero terminó comprándolo en el kiosco de revistas a una cuadra de su casa, a unos treinta kilómetros de capital, en un barrio de gente humilde, o por lo menos ignorante. Era un kiosco en el que hasta hacía poco se vendían las revistas y los libros de Claudio María Domínguez, y en el que probable y desgraciadamente se volvieran a vender bien dentro de poco… Ver allí el libro de Hawking-Penrose le pareció algo surrealista. El libro estaba al mismo precio que en las librerías. Lo compró. Compensó el que no le hicieran descuento de cliente con el ahorro del viaje a capital. El libro era delgado y el arte de tapa era bastante berreta. Pasados unos días, el tipo lo leyó. Entonces se multiplicó en su cabeza la impresión surrealista que había tenido con ocasión de la compra. El libro no era de divulgación y, para colmo de contrastes, tampoco estaba dirigido exactamente a físicos cualesquiera. Un librito que, en el mejor de los casos, podía ser bien comprendido sólo por físicos teóricos especializados en cosmología y gravedad cuántica generaba un choque surrealista al verlo expuesto en la portezuela del kiosco de revistas. El libro estaba al lado de la revista Caras. Estaba al lado de las revistas de minas desnudas. Estaba al lado de las revistas de tejido al crochet. ¿Eclecticismo? Más bien parecía una mestura (en el sentido rural-aragonés del término) podridita. No, Stephen Hawking no le gustaba.
La naturaleza del espacio y el tiempo, se llamaba el libro. Grupo editorial Random House Mondadori, sello Debate; noviembre de 2011; 7500 ejemplares. Publicado acá nomás, en Avellaneda. El libro consistía en una serie de conferencias que, alternadamente, Stephen Hawking y Roger Penrose habían dado en 1994. A las conferencias seguía un epílogo más o menos reciente de los autores. —1994 es también el año en el que Penrose publicó Las sombras de la mente —recordó el tipo. El libro tocaba temas muy puntuales de física teórica, pero también eran los temas que precisamente le interesaban al tipo y, en general, a la gente. —¿O era sólo por la silla de ruedas de Hawking por lo que el libro había llegado a los kioscos de revistas? —se cuestionó el tipo— No…, tenés el caso de Einstein… ¿O es que acaso Einstein se hizo famoso por el pelo cano, largo y desgreñado? Y por los tupidos bigotes blancos; y por la cara de bueno… ¿O porque sacó la lengua para aquella foto? Vaya uno a saber… Muchos sabios dicen que Newton fue el más grosso, pero, si esto fue así, ¿por qué Newton no generó el desmadre de la gente? ¿Porque en el siglo XVII no habían kioscos de revistas? Igual algo de genuino debe haber en todo esto —pensó el tipo—. La gente compra estos libros sobre relatividad general, teoría cuántica y similares. No los lee, pero los compra. Penrose —recordó ahora el tipo— vendió más de un millón de ejemplares de El camino a la realidad. Pero tal vez Penrose no se hubiese hecho famoso si no hubiera sido compañero de Hawking y, a la par, su némesis filosófica; y esto pese a que Penrose era un físico de gran renombre; pese a que era medio filósofo… Es increíble lo que puede una silla de ruedas.

Little show

—Pero no —se resistía el tipo a pensar mal—, algo de verdadero debe haber en todo esto. La gente no lee esos libros —insistió—, y mucho menos los más difíciles, pero los compra. Una parte del instinto filosófico de la gente sabe que, tras el velo del marketing, en lo profundo de los sueños, algo importante hay. Matemáticas, física, el universo, todo eso es importante —pensó el tipo que percibía la gente—. “Algo polenta hay detrás de todo esto que no entiendo —dijo el tipo como si citara a la gente—: es demasiado críptico como para ser falso.” Y la gente compra los libros de Hawking y Penrose, y no los lee, salvo algún que otro chaval, medio ñoño, medio nerd, en cualquier caso desigual. Sólo porque el justo Lot todavía estaba allí, Yahvé aún no había destruido a Sodoma y Gomorra. Sólo para que un óvulo sea fecundado, millones y millones de espermatozoides son lanzados. Esas compras de libros —se dijo el tipo—, ¿tendrán algo que ver con la llamada “sabiduría de la multitud”? —El tipo vio algo sobre eso el otro día en la tele (después encontró el video en YouTube). El tipo creía que el conductor del programa era un físico o un matemático. Desde que se enteró de la sabiduría de la multitud, el tipo tendió, mediante alguna apresurada conexión esbozada por su inconsciente, a ver con mejores ojos a la democracia; como si ella ya no fuese tan sólo la forma de “prevenir las tiranías”.
—Hummm… —onomatopeyizó el tipo.
Hawking como físico: —Y…, no sé —dijo el tipo—, no tengo la competencia para juzgarlo… (Si tengo tiempo esta noche lo estudio.) Igual parece que el paralítico es bastante grosso. Parece que la “radiación Hawking” es un logro importante; ¿o era la radiación Bekenstein-Hawking? Por otro lado, es cierto que los teoremas de singularidad están muy padres, pero, ¿no los hizo con Penrose? Y así como los diagramas de Penrose son en realidad los diagramas de Carter-Penrose, la teoría del universo ilimitado, ¿no es la propuesta de ausencia de frontera de Hartle-Hawking? Ya pasaba algo similar —continuó el tipo en tono especulativo— con ese linyera, Einstein: la relatividad restringida y las transformaciones de Lorentz…; la relatividad general y los trabajos de Hilbert… Hoy en día en física, vivos, hay muchos tipos igual o más grossos que Hawking (el mismo Penrose y Ed Witten, para tomar los ejemplos más conocidos), pero claro, ellos no tienen ELA, ellos pueden caminar…— Indignado ante estas palabras, el fiambrero soltó metralla: —¡Pero Hawking es un tipo muy tenaz, enormemente tenaz! —Mirá —le replicó el tipo—, una persona enormemente tenaz más bien sería un basquetbolista promesa que se sobrepusiera a la amputación de sus brazos: ése sí que se habría quedado en pelotas. No quiero decir —prosiguió el tipo jovialmente— que el cuerpo sano no sea una bendición para todos los seres humanos, sin excepción, pero un tipo que por sobre todo usa la cabeza no quedará reducido a cero si lo que le falla es solamente el cuerpo. No lo echará tanto en falta, ni mucho menos, como otro que trabaja con el cuerpo. —Bueno —dijo el fiambrero un tanto avergonzado—, pero por lo menos tendrás que reconocer el fino sentido del humor que tiene Hawking. —¡Cualquier cosa menos eso! —gritó el tipo—. El humor de Hawking es de lo más pedorro que hay. Es un humor tosco, pedestre, ¡estúpido! Leí una vez que, de pendejito, Hawking admiraba a Bertrand Russell, pero, evidentemente, de la brillantez cómica de Lord Russell no aprendió absolutamente nada.

Mecánico

Hacia el final de La naturaleza del espacio y el tiempo hay una especie de debate entre Hawking y Penrose. Allí Hawking utiliza un poco de su “buen humor” para atacar a Penrose. Pero Sir Roger no contesta las chanzas y se limita a replicar las objeciones argumentales. Igual el tipo se preguntó por qué Penrose no le surtía al paralítico. ¿Era solamente por su buen natural, o porque era demasiado caballero? ¿O era porque discriminaba a Hawking por discapacitado? En fin, que el tipo recordó que cuando él mismo era mozuelo lo bienquería a Stephen. “Cosas de adolescentes que se disponen a estudiar física en la universidad”, pensó. Al tipo también le había gustado la idea de que el genio de la física teórica fuese un paralítico, porque eso era romántico. ¡Si hasta él mismo se había mimetizado, cual Zelig, haciéndose un poco el paralítico! “En los primeros años de la carrera de licenciados en física —recordaba el tipo—, todos los chicos habían querido ser paralíticos.” Últimamente, Martins le dijo al tipo que le parecía notable que un sujeto que sólo puede mover un dedo y que se comunica a través de una máquina sea una persona que se dedica a estudiar el universo. “¿Era la encarnación de la res cogitans cartesiana?” —se preguntó el tipo. En fin, que el tipo se cacheteaba despacito la mejilla y se decía: “Y pensar que Hawking era mi ídolo.” En aquellos años mozos, solía dirigirse mentalmente al paralítico, diciéndole: “No te mueras, Stephen Hawking. Esperá a que yo, diploma en mano, vaya a visitarte.” Aquellos años infelices. “Pero bueno —se consolaba el tipo—, al menos Hawking quedará en la historia como gran antologista. Como físico también, claro, pero sobre todo como antologista.” —Porque… —le decía ahora el tipo al fiambrero—, ¿viste que grossa la antología que publicó Hawking el año pasado? ¡Reúne los textos fundamentales de la mecánica cuántica, los originales! Cojonuda edición de editorial Crítica, que pasa las 1200 páginas. Y la tapa violeta tan brillante: me mola.
Show de láseres
Al tipo le faltaban leer un par de libritos de o sobre Stephen Hawking. Pensaba leerlos si la vida le alcanzaba. Pero había sentido algún escrúpulo por disponerse a escribir su artículo sobre la filosofía de Hawking sin que tales lecturas fuesen previamente completadas. Empero, el tipo apostaba cien contra uno a que, cuando al fin las completara, tales lecturas no harán más que refrendar su posición sobre la filosofía paralítica, de suerte que ésta incluso le parecerá aún más grotesca. Porque lo que ya sabía el tipo sobre la filosofía de Hawking era suficiente para prever que lo que le faltaba saber terminaría reforzando su opinión básica. Y su opinión básica, ciertamente, era muy simple: que, como filósofo, Stephen Hawking era lo menos. Un físico atlético, para qué negarlo, pero un filósofo paralítico. Buen comerciante, eso sí. El tipo leyó en Wikipedia que “La primera esposa de Hawking, Jane Wilde, declaró públicamente durante el proceso de divorcio que él era ateo pero que citaba muchas veces a Dios en sus libros con fines comerciales”, declaración que al tipo le pareció que aportaba una nota de color. —¿Te acordás cuando sacó todas las ecuaciones de su libro de finales de los ochenta para vender mucho? —le dijo el tipo al fiambrero. —Síii…, ¡qué chabóoooooonnn! —le contestó el fiambrero, radiante. —Pero a Penrose no le importó poner ecuaciones, como sabrás. —Sí…, ¡qué chabóoooooonnn…! —El profesor Cassini me dijo una vez que los físicos no eran buenos filósofos, con lo cual yo disentí en varios casos y en diversos aspectos. —Claro, exacto —convino el fiambrero. —Pero no se puede negar que el profesor Cassini acertó completamente en el caso de Hawking… —concluyó el tipo, pero luego agregó con gravedad reflexiva:— Es que Hawking parece tener una visión muy distorsionada de la filosofía, como si confundiera a Platón con Shirley MacLaine.
Aquella noche el tipo no aguantaba más. Desde hacía cosa de una hora u hora y media, y durante el corto tiempo en que escribió, había elaborado su proyecto ensayístico sobre el trasfondo de una incipiente locura. No tenía forma de saber que el proyecto que pergeñaba sobre la marcha no iba a cumplirse exactamente. Incluso podría considerarse que, en los primeros momentos, el hecho de terminar su ensayo esa misma noche formaba parte del proyecto, pero, naturalmente, esto no ocurrió. Había escrito sólo un párrafo y luego había palmado, víctima del estrés. Pero no sólo no se cumpliría este aspecto explosivo (y a la vez maratónico) de su proyecto, sino que tampoco lo harían otros aspectos de detalle: No acabaría citando los números de página con palabras, sino con números, como todo el mundo. Tampoco se daría el lujo de citar de memoria, sin literalidad alguna o incluso mal. Y para colmo, las planeadas citas no aparecerían en cursiva, sino entre las normales comillas.
Ya en el principio de La naturaleza del espacio y el tiempo, las declaraciones filosóficas de Hawking resultaban truculentas: «… yo soy decididamente conservador comparado con Penrose. Yo adopto el punto de vista positivista según el cual una teoría física es solamente un modelo matemático y no tiene sentido preguntar si se corresponde o no con la realidad» (página 12 de la edición aludida). —¿Conservador? —se preguntó el tipo—, ¿conservador de qué? Seguramente no del legado platónico, ni mucho menos del agustiniano. Por otro lado…, ¿solamente un modelo matemático? Este chico se piensa que la tiene clarísima al determinar la referencia de la expresión “un modelo matemático”, al punto que puede decir, por su familiaridad con la cosa y por la inferioridad que le atribuye, que una teoría es solamente eso, como quien dice: “Eso no es un fantasma; es tan sólo un gato negro”. Pero aunque algo sea familiar —continuó el tipo, reflexivamente—, no por ello es conocido: el sol, para qué negarlo, ya era bastante familiar a los antiguos, pese a que ellos no tenían ni la más remota forma de saber que en el interior del astro se producía la fusión nuclear.— Y de pronto, el tipo se impacientó:— ¿Y por qué pretendés ahora que la palabra “realidad” siempre tiene un sentido que vos nunca le das? ¡Vamos, hombre, que la idea de la vinculación con la realidad está todo el tiempo en la ciencia natural! Pero si no estás de acuerdo, yo te pregunto: ¿cuál es el sentido exacto de “realidad” que vos negás, tan compadrón? No creo que lo sepas.

Volando (sólo con el cuerpo)

Mucho más adelante en el libro, cuando ya se han gastado los cartuchos matemáticos y llega el momento de mostrar las cartas filosóficas, Hawking dice: «Él [Penrose] es un platónico y yo un positivista» (p. 158). —¿Y no te da vergüenza? —le preguntó el tipo, como si de verdad lo tuviese ahí en frente al paralítico—. Eso podía no sonrojar a la gente de la década de 1940, cuando un grupito de filósofos muy modestos exploró —y el tipo creía que, pese a todo, de modo saludable— el extremo de la chatura anti-metafísica.— Pero Hawking no sólo no se sonroja, sino que cuatro renglones más abajo, esboza un paralogismo (“una bobada”, en realidad, según el tipo): «Yo no pido que una teoría se corresponda con la realidad porque yo no sé qué es eso. La realidad no es una cualidad que se pueda verificar con papel tornasol» (p. 158). —Pero che —le dijo el tipo, como si ahora estuviese tomándose unos mates con el paralítico—, ¿vos no eras positivista…? Y lo “positivo”…, ¿no era lo real?… … … ¿Y ASÍ QUE PARA QUE LA REALIDAD EXISTA, si no te entiendo mal, tiene que ser algo a lo que se le pueda calcular el logaritmo?— Sin embargo, pese a ironizar así, el tipo se sintió repentinamente desesperado, puesto que él mismo se había tomado en serio lo que acababa de inquirir, y entonces, contrariado, se pregunto: —Pero, ¿cuál es el logaritmo de la realidad? ¿Cuál su acidez, cuál su pH, cuál su alcalinidad?— Con todo, el tipo se recuperó enseguida y, desestimando esta fugaz obsecuencia, insistió en un punto anterior: —Y otra vez: ¿por qué te encaprichás en negar que haya algún referente del concepto realidad al que vos te refieras alguna vez? ¡No tuviste problema en usar positivamente el término “Dios”, pero no sabés a qué se refiere el término “realidad”!

Consecuente

Ya hacia el principio de libro Hawking había dicho: «Todo lo que uno puede pedir es que sus predicciones concuerden con la observación» (p. 12), pero, ciento cuarenta y seis páginas después, va por más: «Todo lo que me interesa es que la teoría prediga los resultados de medidas» (p. 158). —¿Así que todo el trabajo científico que aquellas mentes (entre las más notables de la historia) hicieron durante siglos tiene el solo fin de ver si la aguja de un aparato se aproxima lo bastante a una de sus marquitas?, ¿si dos rayitas están más o menos alineadas?, ¿si dos numeritos están cerca? ¿Eso es todo? Me muero —dijo el tipo. Pero luego agregó:— Stephen, más pobre que Mauricio "Shogun" Rua ante Jon “Bones” Jones, vos te quedaste charlando con Auguste Comte.

Filosofías análogas

»Por lo menos Penrose —se consoló el tipo— hace gala en el libro de aquella sabiduría proverbial que, al sernos recordada, nos insta a formar grandes pensamientos— A mitad del libro, Roger Penrose habla de U y R “sin ninguna pedantería cientificiosa”, según observación del tipo. U es la “evolución unitaria” y, en cierto modo de presentación, es descrita por la ecuación de Schrödinger. R es la “reducción del vector de estado”, también denominada “colapso de la función de onda”. R tiene lugar, como dice el mismo Penrose, «durante la medida de un sistema cuántico, donde las alternativas cuánticas se amplifican para dar resultados clásicos distinguibles…» (p. 90). Al tipo le había llamado especialmente la atención aquel sumario pasaje en el que se ponen de relieve los contrastes entre U y R, dado que el mismo había evocado en su mente elementos cruciales de su propio Sistema Epopéyico-Metafísico: «U y R son procesos muy diferentes: U es determinista, lineal, local (en el espacio de configuración) y simétrico respecto al tiempo. R es no determinista, decididamente no lineal, no local y asimétrico respecto al tiempo. Esto diferencia entre los dos procesos fundamentales de evolución en TC [teoría cuántica] es notable. Es muy poco probable que R pueda llegar a ser deducido como una aproximación de U…» (p. 90). El tipo estaba de acuerdo en que no se comprendería el colapso de la función de onda sin antes haber hecho progresos mayúsculos en física fundamental, pero consideraba, modestamente, que también era necesaria una previa y acabada apertura metafísica. —R me hace acordar a la acción del Espacio Geométrico de Voluntad o poder creador —pensó el tipo—, mientras que U, evidentemente, evoca la Legalidad del Mundo, que constriñe a esa misma voluntad geométrica… ¡Exacto! —prosiguió—, R nos lleva a esa voluntad como cosa en sí irreducible, que llena todos los espacios insoslayables, mientras que U nos proyecta a aquella legalidad que baja del tercer universo a través de ondas matemáticas…

Imagen kitsch

Pero Hawking lo reta a Penrose. No le gustan las odiseas cuasi-filosóficas del grande hombre: «No se necesita gravedad cuántica para explicar el gato de Schrödinger o el funcionamiento del cerebro. Ese es un camino equivocado» (p. 159); «… rechazo totalmente la idea de que existe algún proceso físico que corresponde a la reducción de la función de onda, o que esto tenga algo que ver con la gravedad cuántica o la conciencia. Esto me suena a magia, y no a ciencia» (p. 162) —Pero pará, mostro —dijo el tipo—: la gravedad cuántica, ¿no es lo más difícil que hay? ¿No es, además, lo más fundamental, en el sentido de que debería llegar a proveer los conceptos más poderosos para reconstruir el mundo con racionalidad, de manera que, a la par, se haga honor a toda la descomunal complejidad del universo, sólo ocultada parcialmente por nuestra familiaridad animal? Y si es así (que seguro que es así) ¿qué otra cosa mejor podría ser el candidato básico para explicar al cerebro? Y esto no es una falacia, dear Hawking, porque esto no pretende ser un argumento válido, sino tan sólo una intuición filosófica lo bastante obvia como para que los esnobs y los vagos se le opongan radicalmente. ¿Que qué clase de esnobs? Pues aquellos como el que se apega a una de las dos o tres filosofías dominantes de su tiempo porque ella, de un modo u otro, le dora la píldora a su ego.  ¿Y qué clase de vagos? Pues esto es muy simple a la par que lo más importante: son esos tipos que pregonan la superioridad de su campo de saber o, por lo menos, su autonomía, de suerte que ello les ahorra el estudiar todo lo que podría tener alguna influencia sobre su objeto de estudio, pero que es demasiado trabajoso estudiar. Flojos de mierda. Y para terminar —sigue diciendo el tipo como si de nuevo lo tuviese ahí en persona al paralítico, pero siendo el caso que al que en realidad tiene en frente es al fiambrero, en el súper, del otro lado del mostrador—, con respecto a la conciencia: mirá, Hawking, yo estoy de acuerdo con vos en un sentido (que seguramente te es insospechado) pero en otro sentido (que es el que viene al caso) me opongo absolutamente a lo que decís. No creo que la gravedad cuántica tenga que ver con la conciencia fenoménica (en el sentido de David J. Chalmers), pero sí intuyo, junto con Sir Roger, que ha de tener mucho que ver con la conciencia psicológica (en el sentido de Chalmers).
Una vez Martins le dijo al tipo que lo vio a Hawking en un gran show entre rayos láser. El tipo se había cagado un poco de risa, pero la noticia no le había extrañado. Después pensó que aquel show tal vez haya sido el de 2009, cuando a Hawking lo proyectaron sobre el Senate House de la Universidad de Cambridge. Pero si no fue ahí y fue en un recital de rocanrol, al tipo tampoco le extrañaría. Hawking era una superestrella. Hawking era el freak de la física. Hawking era una mercancía. Era un nombre idóneo, por ejemplo, para firmar extravagantes antologías de física teórica. Era una historia más del “se puede” tinelliano, aunque en su caso no se viera bien por qué no se hubiera podido o por qué hubiese sido tan difícil que se pudiera. Pero igual Hawking calificaba como golpe bajo y, por tanto, estaba listo para Tinelli. Sin embargo para el tipo hay un problema con los freak e incluso con los discapacitados del programa de Tinelli: —No sé por qué —se dice el tipo, ensimismado—, pero siento una gran compasión por todos los discapacitados, salvo justo por los que aparecen en el programa de Tinelli. —Y luego especula:— Nuestro egocentrismo a veces invierte el estado de las cosas. Por eso podemos pensar que Argentina es quizá uno de los países más poderosos del globo, porque lo tinelliza al globo. Incluso podría hablarse de una “tinellización del ser”, o de la cosa, o de la realidad entera. En cualquier caso, al menos podrá decirse que Hawking está tinellizado. 

Listo para Tinelli

El tipo cree que a los discapacitados hay que cuidarlos, quererlos y ayudarlos mucho. Cree que esto debe ser hecho por el Estado y no estar librado a la “benevolencia” de los particulares. Los discapacitados deben ser protegidos con el impuesto de todos los ciudadanos. No tendría que ser Tinelli quien “ayudara” a los discapacitados, sino el Estado. El tipo no ve ninguna razón válida por la que Tinelli deba levantar paladas y paladas de guita por hacer “caridad” con un par de discapacitados. Los discapacitados no son iguales a las personas normales. Los discapacitados deberían gozar de todos los privilegios que la naturaleza les ha negado. Pero entre los privilegios de los discapacitados no debería figurar el que se los convierta en estrellas mediáticas fraudulentas… que, para colmo, engruesan las arcas de un nabo que lucra con todo lo que puede. Por cosas como estas el tipo a veces hasta les toma bronca a los discapacitados de Tinelli. Luego se lo recrimina duramente, porque sabe que ellos no tienen ninguna culpa. Igual el tipo no cree que el discapacitado deba erigirse como héroe nacional, a menos que realmente lo sea. La cualidad de ser héroe es, prima facie, tan infrecuente entre los discapacitados como entre las personas sanas. Pero así como hay héroes entre los sanos, también los hay entre los discapacitados. Y de hecho nuestro Hawking, a pesar de ser un queso en filosofía, es un ejemplo de discapacitado que es bastante héroe en el campo de la física.
El tipo ama a todos los minusválidos, menos justo a los que aparecen en lo de Tinelli y al Hawking tinellizado. Todos los discapacitados menos justo esos le caen bien… Y sin embargo, al tipo no le gustó ni un poquito que la cargaran a la piba down. No le gustó que la mostraran como parecida a la caricatura de Mamá Lucchetti. Y la sola posibilidad de que la piba hubiera podido sentirse herida, hizo que el tipo dudara por un rato si continuaría alineado con el gobierno.