Bienvenido al mejor blog de todos los tiempos


Así se hace. Sigan dejando comentarios elogiosos. Me da estímulo.

Gracias

lunes, 6 de agosto de 2012

Filosofía paralítica




Imagen gratuita
El tipo no aguantaba más. No podía esperar, tenía que escribir su texto. Acaso todo el texto debía ser escrito esa misma noche. Pero no estaba en condiciones de hacerlo: tenía la cabeza aturdida, las emociones coaguladas, los nervios congestionados. Y respiraba poco. Era como si respirar correctamente amenazara con despertarlo a la conciencia del dolor. De esta manera, respirar poco semejaba una pulsión de muerte. Pero el tipo no creía en esas cosas; debía haber otra explicación. El instinto de supervivencia debería ser realmente básico, omnímodo, aunque muchas veces pareciera lo contrario. Se relajó, resignado. Igual escribiría lo que pudiera, porque su urgencia por hacerlo no tenía contemplaciones. Por eso escribió, pero solamente un párrafo, lo que le dejó una sensación de grotesco. No obstante, con eso quedó exhausto y libre de necesidad literaria. Comenzaba un artículo sobre Hawking. Hubiese querido esperar a que el material estuviese preparado, pero no pudo hacerlo y escribió aquel párrafo. Había comenzado a escribir de todas formas excusándose en su urgencia, es cierto, pero también consolándose con la idea de que luego escribiría un ensayo normal, prolijo. Sin embargo, su proyecto de escribir una segunda versión prolija se vio tan malogrado como su proyecto inicial de aquella noche.
El tipo improvisó su proyecto inicial poco antes y durante la escritura del primer párrafo. Pero a pesar de la improvisación, incorporó en él aspectos metodológicos muy específicos. Citaría de memoria a medida que los fragmentos del libro de Hawking (y Penrose) fuesen surgiendo en su conciencia. Incluso citaría mal, si la presión de su mente así lo imponía. También había incluido en el proyecto algunos detalles caprichosos: Citaría los números de página con palabras, y no con números; escribiría “doce” y no “12”. Las citas no aparecerían entre comillas o separadas por renglones en blanco, sino en cursiva: —En vista de esto —había considerado el tipo obsesivamente— habrá que saber distinguir las citas de las palabras aisladas que yo ponga en cursiva por motivos de énfasis.
Al otro día el tipo borró el párrafo que había escrito, aunque conservó las dos primeras oraciones. Luego continuó escribiendo. Stephen Hawking no le gustaba.

Proyectado sobre Senate House

Martins le había dado la noticia de que el libro había salido. Miró online el stock en un par de librerías de Corrientes, pero terminó comprándolo en el kiosco de revistas a una cuadra de su casa, a unos treinta kilómetros de capital, en un barrio de gente humilde, o por lo menos ignorante. Era un kiosco en el que hasta hacía poco se vendían las revistas y los libros de Claudio María Domínguez, y en el que probable y desgraciadamente se volvieran a vender bien dentro de poco… Ver allí el libro de Hawking-Penrose le pareció algo surrealista. El libro estaba al mismo precio que en las librerías. Lo compró. Compensó el que no le hicieran descuento de cliente con el ahorro del viaje a capital. El libro era delgado y el arte de tapa era bastante berreta. Pasados unos días, el tipo lo leyó. Entonces se multiplicó en su cabeza la impresión surrealista que había tenido con ocasión de la compra. El libro no era de divulgación y, para colmo de contrastes, tampoco estaba dirigido exactamente a físicos cualesquiera. Un librito que, en el mejor de los casos, podía ser bien comprendido sólo por físicos teóricos especializados en cosmología y gravedad cuántica generaba un choque surrealista al verlo expuesto en la portezuela del kiosco de revistas. El libro estaba al lado de la revista Caras. Estaba al lado de las revistas de minas desnudas. Estaba al lado de las revistas de tejido al crochet. ¿Eclecticismo? Más bien parecía una mestura (en el sentido rural-aragonés del término) podridita. No, Stephen Hawking no le gustaba.
La naturaleza del espacio y el tiempo, se llamaba el libro. Grupo editorial Random House Mondadori, sello Debate; noviembre de 2011; 7500 ejemplares. Publicado acá nomás, en Avellaneda. El libro consistía en una serie de conferencias que, alternadamente, Stephen Hawking y Roger Penrose habían dado en 1994. A las conferencias seguía un epílogo más o menos reciente de los autores. —1994 es también el año en el que Penrose publicó Las sombras de la mente —recordó el tipo. El libro tocaba temas muy puntuales de física teórica, pero también eran los temas que precisamente le interesaban al tipo y, en general, a la gente. —¿O era sólo por la silla de ruedas de Hawking por lo que el libro había llegado a los kioscos de revistas? —se cuestionó el tipo— No…, tenés el caso de Einstein… ¿O es que acaso Einstein se hizo famoso por el pelo cano, largo y desgreñado? Y por los tupidos bigotes blancos; y por la cara de bueno… ¿O porque sacó la lengua para aquella foto? Vaya uno a saber… Muchos sabios dicen que Newton fue el más grosso, pero, si esto fue así, ¿por qué Newton no generó el desmadre de la gente? ¿Porque en el siglo XVII no habían kioscos de revistas? Igual algo de genuino debe haber en todo esto —pensó el tipo—. La gente compra estos libros sobre relatividad general, teoría cuántica y similares. No los lee, pero los compra. Penrose —recordó ahora el tipo— vendió más de un millón de ejemplares de El camino a la realidad. Pero tal vez Penrose no se hubiese hecho famoso si no hubiera sido compañero de Hawking y, a la par, su némesis filosófica; y esto pese a que Penrose era un físico de gran renombre; pese a que era medio filósofo… Es increíble lo que puede una silla de ruedas.

Little show

—Pero no —se resistía el tipo a pensar mal—, algo de verdadero debe haber en todo esto. La gente no lee esos libros —insistió—, y mucho menos los más difíciles, pero los compra. Una parte del instinto filosófico de la gente sabe que, tras el velo del marketing, en lo profundo de los sueños, algo importante hay. Matemáticas, física, el universo, todo eso es importante —pensó el tipo que percibía la gente—. “Algo polenta hay detrás de todo esto que no entiendo —dijo el tipo como si citara a la gente—: es demasiado críptico como para ser falso.” Y la gente compra los libros de Hawking y Penrose, y no los lee, salvo algún que otro chaval, medio ñoño, medio nerd, en cualquier caso desigual. Sólo porque el justo Lot todavía estaba allí, Yahvé aún no había destruido a Sodoma y Gomorra. Sólo para que un óvulo sea fecundado, millones y millones de espermatozoides son lanzados. Esas compras de libros —se dijo el tipo—, ¿tendrán algo que ver con la llamada “sabiduría de la multitud”? —El tipo vio algo sobre eso el otro día en la tele (después encontró el video en YouTube). El tipo creía que el conductor del programa era un físico o un matemático. Desde que se enteró de la sabiduría de la multitud, el tipo tendió, mediante alguna apresurada conexión esbozada por su inconsciente, a ver con mejores ojos a la democracia; como si ella ya no fuese tan sólo la forma de “prevenir las tiranías”.
—Hummm… —onomatopeyizó el tipo.
Hawking como físico: —Y…, no sé —dijo el tipo—, no tengo la competencia para juzgarlo… (Si tengo tiempo esta noche lo estudio.) Igual parece que el paralítico es bastante grosso. Parece que la “radiación Hawking” es un logro importante; ¿o era la radiación Bekenstein-Hawking? Por otro lado, es cierto que los teoremas de singularidad están muy padres, pero, ¿no los hizo con Penrose? Y así como los diagramas de Penrose son en realidad los diagramas de Carter-Penrose, la teoría del universo ilimitado, ¿no es la propuesta de ausencia de frontera de Hartle-Hawking? Ya pasaba algo similar —continuó el tipo en tono especulativo— con ese linyera, Einstein: la relatividad restringida y las transformaciones de Lorentz…; la relatividad general y los trabajos de Hilbert… Hoy en día en física, vivos, hay muchos tipos igual o más grossos que Hawking (el mismo Penrose y Ed Witten, para tomar los ejemplos más conocidos), pero claro, ellos no tienen ELA, ellos pueden caminar…— Indignado ante estas palabras, el fiambrero soltó metralla: —¡Pero Hawking es un tipo muy tenaz, enormemente tenaz! —Mirá —le replicó el tipo—, una persona enormemente tenaz más bien sería un basquetbolista promesa que se sobrepusiera a la amputación de sus brazos: ése sí que se habría quedado en pelotas. No quiero decir —prosiguió el tipo jovialmente— que el cuerpo sano no sea una bendición para todos los seres humanos, sin excepción, pero un tipo que por sobre todo usa la cabeza no quedará reducido a cero si lo que le falla es solamente el cuerpo. No lo echará tanto en falta, ni mucho menos, como otro que trabaja con el cuerpo. —Bueno —dijo el fiambrero un tanto avergonzado—, pero por lo menos tendrás que reconocer el fino sentido del humor que tiene Hawking. —¡Cualquier cosa menos eso! —gritó el tipo—. El humor de Hawking es de lo más pedorro que hay. Es un humor tosco, pedestre, ¡estúpido! Leí una vez que, de pendejito, Hawking admiraba a Bertrand Russell, pero, evidentemente, de la brillantez cómica de Lord Russell no aprendió absolutamente nada.

Mecánico

Hacia el final de La naturaleza del espacio y el tiempo hay una especie de debate entre Hawking y Penrose. Allí Hawking utiliza un poco de su “buen humor” para atacar a Penrose. Pero Sir Roger no contesta las chanzas y se limita a replicar las objeciones argumentales. Igual el tipo se preguntó por qué Penrose no le surtía al paralítico. ¿Era solamente por su buen natural, o porque era demasiado caballero? ¿O era porque discriminaba a Hawking por discapacitado? En fin, que el tipo recordó que cuando él mismo era mozuelo lo bienquería a Stephen. “Cosas de adolescentes que se disponen a estudiar física en la universidad”, pensó. Al tipo también le había gustado la idea de que el genio de la física teórica fuese un paralítico, porque eso era romántico. ¡Si hasta él mismo se había mimetizado, cual Zelig, haciéndose un poco el paralítico! “En los primeros años de la carrera de licenciados en física —recordaba el tipo—, todos los chicos habían querido ser paralíticos.” Últimamente, Martins le dijo al tipo que le parecía notable que un sujeto que sólo puede mover un dedo y que se comunica a través de una máquina sea una persona que se dedica a estudiar el universo. “¿Era la encarnación de la res cogitans cartesiana?” —se preguntó el tipo. En fin, que el tipo se cacheteaba despacito la mejilla y se decía: “Y pensar que Hawking era mi ídolo.” En aquellos años mozos, solía dirigirse mentalmente al paralítico, diciéndole: “No te mueras, Stephen Hawking. Esperá a que yo, diploma en mano, vaya a visitarte.” Aquellos años infelices. “Pero bueno —se consolaba el tipo—, al menos Hawking quedará en la historia como gran antologista. Como físico también, claro, pero sobre todo como antologista.” —Porque… —le decía ahora el tipo al fiambrero—, ¿viste que grossa la antología que publicó Hawking el año pasado? ¡Reúne los textos fundamentales de la mecánica cuántica, los originales! Cojonuda edición de editorial Crítica, que pasa las 1200 páginas. Y la tapa violeta tan brillante: me mola.
Show de láseres
Al tipo le faltaban leer un par de libritos de o sobre Stephen Hawking. Pensaba leerlos si la vida le alcanzaba. Pero había sentido algún escrúpulo por disponerse a escribir su artículo sobre la filosofía de Hawking sin que tales lecturas fuesen previamente completadas. Empero, el tipo apostaba cien contra uno a que, cuando al fin las completara, tales lecturas no harán más que refrendar su posición sobre la filosofía paralítica, de suerte que ésta incluso le parecerá aún más grotesca. Porque lo que ya sabía el tipo sobre la filosofía de Hawking era suficiente para prever que lo que le faltaba saber terminaría reforzando su opinión básica. Y su opinión básica, ciertamente, era muy simple: que, como filósofo, Stephen Hawking era lo menos. Un físico atlético, para qué negarlo, pero un filósofo paralítico. Buen comerciante, eso sí. El tipo leyó en Wikipedia que “La primera esposa de Hawking, Jane Wilde, declaró públicamente durante el proceso de divorcio que él era ateo pero que citaba muchas veces a Dios en sus libros con fines comerciales”, declaración que al tipo le pareció que aportaba una nota de color. —¿Te acordás cuando sacó todas las ecuaciones de su libro de finales de los ochenta para vender mucho? —le dijo el tipo al fiambrero. —Síii…, ¡qué chabóoooooonnn! —le contestó el fiambrero, radiante. —Pero a Penrose no le importó poner ecuaciones, como sabrás. —Sí…, ¡qué chabóoooooonnn…! —El profesor Cassini me dijo una vez que los físicos no eran buenos filósofos, con lo cual yo disentí en varios casos y en diversos aspectos. —Claro, exacto —convino el fiambrero. —Pero no se puede negar que el profesor Cassini acertó completamente en el caso de Hawking… —concluyó el tipo, pero luego agregó con gravedad reflexiva:— Es que Hawking parece tener una visión muy distorsionada de la filosofía, como si confundiera a Platón con Shirley MacLaine.
Aquella noche el tipo no aguantaba más. Desde hacía cosa de una hora u hora y media, y durante el corto tiempo en que escribió, había elaborado su proyecto ensayístico sobre el trasfondo de una incipiente locura. No tenía forma de saber que el proyecto que pergeñaba sobre la marcha no iba a cumplirse exactamente. Incluso podría considerarse que, en los primeros momentos, el hecho de terminar su ensayo esa misma noche formaba parte del proyecto, pero, naturalmente, esto no ocurrió. Había escrito sólo un párrafo y luego había palmado, víctima del estrés. Pero no sólo no se cumpliría este aspecto explosivo (y a la vez maratónico) de su proyecto, sino que tampoco lo harían otros aspectos de detalle: No acabaría citando los números de página con palabras, sino con números, como todo el mundo. Tampoco se daría el lujo de citar de memoria, sin literalidad alguna o incluso mal. Y para colmo, las planeadas citas no aparecerían en cursiva, sino entre las normales comillas.
Ya en el principio de La naturaleza del espacio y el tiempo, las declaraciones filosóficas de Hawking resultaban truculentas: «… yo soy decididamente conservador comparado con Penrose. Yo adopto el punto de vista positivista según el cual una teoría física es solamente un modelo matemático y no tiene sentido preguntar si se corresponde o no con la realidad» (página 12 de la edición aludida). —¿Conservador? —se preguntó el tipo—, ¿conservador de qué? Seguramente no del legado platónico, ni mucho menos del agustiniano. Por otro lado…, ¿solamente un modelo matemático? Este chico se piensa que la tiene clarísima al determinar la referencia de la expresión “un modelo matemático”, al punto que puede decir, por su familiaridad con la cosa y por la inferioridad que le atribuye, que una teoría es solamente eso, como quien dice: “Eso no es un fantasma; es tan sólo un gato negro”. Pero aunque algo sea familiar —continuó el tipo, reflexivamente—, no por ello es conocido: el sol, para qué negarlo, ya era bastante familiar a los antiguos, pese a que ellos no tenían ni la más remota forma de saber que en el interior del astro se producía la fusión nuclear.— Y de pronto, el tipo se impacientó:— ¿Y por qué pretendés ahora que la palabra “realidad” siempre tiene un sentido que vos nunca le das? ¡Vamos, hombre, que la idea de la vinculación con la realidad está todo el tiempo en la ciencia natural! Pero si no estás de acuerdo, yo te pregunto: ¿cuál es el sentido exacto de “realidad” que vos negás, tan compadrón? No creo que lo sepas.

Volando (sólo con el cuerpo)

Mucho más adelante en el libro, cuando ya se han gastado los cartuchos matemáticos y llega el momento de mostrar las cartas filosóficas, Hawking dice: «Él [Penrose] es un platónico y yo un positivista» (p. 158). —¿Y no te da vergüenza? —le preguntó el tipo, como si de verdad lo tuviese ahí en frente al paralítico—. Eso podía no sonrojar a la gente de la década de 1940, cuando un grupito de filósofos muy modestos exploró —y el tipo creía que, pese a todo, de modo saludable— el extremo de la chatura anti-metafísica.— Pero Hawking no sólo no se sonroja, sino que cuatro renglones más abajo, esboza un paralogismo (“una bobada”, en realidad, según el tipo): «Yo no pido que una teoría se corresponda con la realidad porque yo no sé qué es eso. La realidad no es una cualidad que se pueda verificar con papel tornasol» (p. 158). —Pero che —le dijo el tipo, como si ahora estuviese tomándose unos mates con el paralítico—, ¿vos no eras positivista…? Y lo “positivo”…, ¿no era lo real?… … … ¿Y ASÍ QUE PARA QUE LA REALIDAD EXISTA, si no te entiendo mal, tiene que ser algo a lo que se le pueda calcular el logaritmo?— Sin embargo, pese a ironizar así, el tipo se sintió repentinamente desesperado, puesto que él mismo se había tomado en serio lo que acababa de inquirir, y entonces, contrariado, se pregunto: —Pero, ¿cuál es el logaritmo de la realidad? ¿Cuál su acidez, cuál su pH, cuál su alcalinidad?— Con todo, el tipo se recuperó enseguida y, desestimando esta fugaz obsecuencia, insistió en un punto anterior: —Y otra vez: ¿por qué te encaprichás en negar que haya algún referente del concepto realidad al que vos te refieras alguna vez? ¡No tuviste problema en usar positivamente el término “Dios”, pero no sabés a qué se refiere el término “realidad”!

Consecuente

Ya hacia el principio de libro Hawking había dicho: «Todo lo que uno puede pedir es que sus predicciones concuerden con la observación» (p. 12), pero, ciento cuarenta y seis páginas después, va por más: «Todo lo que me interesa es que la teoría prediga los resultados de medidas» (p. 158). —¿Así que todo el trabajo científico que aquellas mentes (entre las más notables de la historia) hicieron durante siglos tiene el solo fin de ver si la aguja de un aparato se aproxima lo bastante a una de sus marquitas?, ¿si dos rayitas están más o menos alineadas?, ¿si dos numeritos están cerca? ¿Eso es todo? Me muero —dijo el tipo. Pero luego agregó:— Stephen, más pobre que Mauricio "Shogun" Rua ante Jon “Bones” Jones, vos te quedaste charlando con Auguste Comte.

Filosofías análogas

»Por lo menos Penrose —se consoló el tipo— hace gala en el libro de aquella sabiduría proverbial que, al sernos recordada, nos insta a formar grandes pensamientos— A mitad del libro, Roger Penrose habla de U y R “sin ninguna pedantería cientificiosa”, según observación del tipo. U es la “evolución unitaria” y, en cierto modo de presentación, es descrita por la ecuación de Schrödinger. R es la “reducción del vector de estado”, también denominada “colapso de la función de onda”. R tiene lugar, como dice el mismo Penrose, «durante la medida de un sistema cuántico, donde las alternativas cuánticas se amplifican para dar resultados clásicos distinguibles…» (p. 90). Al tipo le había llamado especialmente la atención aquel sumario pasaje en el que se ponen de relieve los contrastes entre U y R, dado que el mismo había evocado en su mente elementos cruciales de su propio Sistema Epopéyico-Metafísico: «U y R son procesos muy diferentes: U es determinista, lineal, local (en el espacio de configuración) y simétrico respecto al tiempo. R es no determinista, decididamente no lineal, no local y asimétrico respecto al tiempo. Esto diferencia entre los dos procesos fundamentales de evolución en TC [teoría cuántica] es notable. Es muy poco probable que R pueda llegar a ser deducido como una aproximación de U…» (p. 90). El tipo estaba de acuerdo en que no se comprendería el colapso de la función de onda sin antes haber hecho progresos mayúsculos en física fundamental, pero consideraba, modestamente, que también era necesaria una previa y acabada apertura metafísica. —R me hace acordar a la acción del Espacio Geométrico de Voluntad o poder creador —pensó el tipo—, mientras que U, evidentemente, evoca la Legalidad del Mundo, que constriñe a esa misma voluntad geométrica… ¡Exacto! —prosiguió—, R nos lleva a esa voluntad como cosa en sí irreducible, que llena todos los espacios insoslayables, mientras que U nos proyecta a aquella legalidad que baja del tercer universo a través de ondas matemáticas…

Imagen kitsch

Pero Hawking lo reta a Penrose. No le gustan las odiseas cuasi-filosóficas del grande hombre: «No se necesita gravedad cuántica para explicar el gato de Schrödinger o el funcionamiento del cerebro. Ese es un camino equivocado» (p. 159); «… rechazo totalmente la idea de que existe algún proceso físico que corresponde a la reducción de la función de onda, o que esto tenga algo que ver con la gravedad cuántica o la conciencia. Esto me suena a magia, y no a ciencia» (p. 162) —Pero pará, mostro —dijo el tipo—: la gravedad cuántica, ¿no es lo más difícil que hay? ¿No es, además, lo más fundamental, en el sentido de que debería llegar a proveer los conceptos más poderosos para reconstruir el mundo con racionalidad, de manera que, a la par, se haga honor a toda la descomunal complejidad del universo, sólo ocultada parcialmente por nuestra familiaridad animal? Y si es así (que seguro que es así) ¿qué otra cosa mejor podría ser el candidato básico para explicar al cerebro? Y esto no es una falacia, dear Hawking, porque esto no pretende ser un argumento válido, sino tan sólo una intuición filosófica lo bastante obvia como para que los esnobs y los vagos se le opongan radicalmente. ¿Que qué clase de esnobs? Pues aquellos como el que se apega a una de las dos o tres filosofías dominantes de su tiempo porque ella, de un modo u otro, le dora la píldora a su ego.  ¿Y qué clase de vagos? Pues esto es muy simple a la par que lo más importante: son esos tipos que pregonan la superioridad de su campo de saber o, por lo menos, su autonomía, de suerte que ello les ahorra el estudiar todo lo que podría tener alguna influencia sobre su objeto de estudio, pero que es demasiado trabajoso estudiar. Flojos de mierda. Y para terminar —sigue diciendo el tipo como si de nuevo lo tuviese ahí en persona al paralítico, pero siendo el caso que al que en realidad tiene en frente es al fiambrero, en el súper, del otro lado del mostrador—, con respecto a la conciencia: mirá, Hawking, yo estoy de acuerdo con vos en un sentido (que seguramente te es insospechado) pero en otro sentido (que es el que viene al caso) me opongo absolutamente a lo que decís. No creo que la gravedad cuántica tenga que ver con la conciencia fenoménica (en el sentido de David J. Chalmers), pero sí intuyo, junto con Sir Roger, que ha de tener mucho que ver con la conciencia psicológica (en el sentido de Chalmers).
Una vez Martins le dijo al tipo que lo vio a Hawking en un gran show entre rayos láser. El tipo se había cagado un poco de risa, pero la noticia no le había extrañado. Después pensó que aquel show tal vez haya sido el de 2009, cuando a Hawking lo proyectaron sobre el Senate House de la Universidad de Cambridge. Pero si no fue ahí y fue en un recital de rocanrol, al tipo tampoco le extrañaría. Hawking era una superestrella. Hawking era el freak de la física. Hawking era una mercancía. Era un nombre idóneo, por ejemplo, para firmar extravagantes antologías de física teórica. Era una historia más del “se puede” tinelliano, aunque en su caso no se viera bien por qué no se hubiera podido o por qué hubiese sido tan difícil que se pudiera. Pero igual Hawking calificaba como golpe bajo y, por tanto, estaba listo para Tinelli. Sin embargo para el tipo hay un problema con los freak e incluso con los discapacitados del programa de Tinelli: —No sé por qué —se dice el tipo, ensimismado—, pero siento una gran compasión por todos los discapacitados, salvo justo por los que aparecen en el programa de Tinelli. —Y luego especula:— Nuestro egocentrismo a veces invierte el estado de las cosas. Por eso podemos pensar que Argentina es quizá uno de los países más poderosos del globo, porque lo tinelliza al globo. Incluso podría hablarse de una “tinellización del ser”, o de la cosa, o de la realidad entera. En cualquier caso, al menos podrá decirse que Hawking está tinellizado. 

Listo para Tinelli

El tipo cree que a los discapacitados hay que cuidarlos, quererlos y ayudarlos mucho. Cree que esto debe ser hecho por el Estado y no estar librado a la “benevolencia” de los particulares. Los discapacitados deben ser protegidos con el impuesto de todos los ciudadanos. No tendría que ser Tinelli quien “ayudara” a los discapacitados, sino el Estado. El tipo no ve ninguna razón válida por la que Tinelli deba levantar paladas y paladas de guita por hacer “caridad” con un par de discapacitados. Los discapacitados no son iguales a las personas normales. Los discapacitados deberían gozar de todos los privilegios que la naturaleza les ha negado. Pero entre los privilegios de los discapacitados no debería figurar el que se los convierta en estrellas mediáticas fraudulentas… que, para colmo, engruesan las arcas de un nabo que lucra con todo lo que puede. Por cosas como estas el tipo a veces hasta les toma bronca a los discapacitados de Tinelli. Luego se lo recrimina duramente, porque sabe que ellos no tienen ninguna culpa. Igual el tipo no cree que el discapacitado deba erigirse como héroe nacional, a menos que realmente lo sea. La cualidad de ser héroe es, prima facie, tan infrecuente entre los discapacitados como entre las personas sanas. Pero así como hay héroes entre los sanos, también los hay entre los discapacitados. Y de hecho nuestro Hawking, a pesar de ser un queso en filosofía, es un ejemplo de discapacitado que es bastante héroe en el campo de la física.
El tipo ama a todos los minusválidos, menos justo a los que aparecen en lo de Tinelli y al Hawking tinellizado. Todos los discapacitados menos justo esos le caen bien… Y sin embargo, al tipo no le gustó ni un poquito que la cargaran a la piba down. No le gustó que la mostraran como parecida a la caricatura de Mamá Lucchetti. Y la sola posibilidad de que la piba hubiera podido sentirse herida, hizo que el tipo dudara por un rato si continuaría alineado con el gobierno.

lunes, 2 de julio de 2012

La senda del goleador




(La siguiente entrada fue escrita poco después de la medianoche del 21 de junio pasado. Pese a los significativos hechos posteriores, no ha sido modificada respecto de su versión original.)


Pablo Mouche I
Hace un par de horas Boca Juniors pasó a la final de la Copa Libertadores. Buen partido, pese al cero a cero, que Boca mereció ganar. De todas maneras, antes que hablar de Boca en su conjunto quisiera expresar la mucha pena que me dio que Pablo Mouche no hiciera un gol. Una pena de verdad, sincera, nada de ironías aquí. El caso es que Mouche no convierte goles desde hace ya varios partidos, y hoy se vio particularmente que, pese a continuar siendo notable en los desbordes, anda desatinado con la red. Yo quería que gane Boca, puesto que soy xeneize, pero tanto como esto quería que Mouche anotara un gol. Eso le daría confianza, desde luego, y la confianza lo haría anotar más goles… Además traería la alegría boquense, y en especial la mía. Pero, podría preguntarse el amable lector, ¿por qué tanta afición por Mouche? Hasta a mí mismo se me escapaba la respuesta hasta hace unas horas. Luego comprendí que deseaba que Mouche continuase haciendo goles porque me identificaba con él. No se trataba, como sería evidente de movida, de que yo me identificaba con Mouche porque Pablito es buen mozo y yo también soy un ufano galán. No, nada de esas cosas afeminadas. Se trataba de una identificación futbolística. La única diferencia era que Mouche jugaba en el fútbol real, mientras que yo, de momento, sólo lo hacía en el fútbol virtual, es decir, en los videojuegos que simulan el fútbol —tan bien, por cierto, pero que tan bien.
Una vez Gustavo Alfaro, el director técnico de Arsenal de Sarandí, declaró que Mouche era uno de los mejores jugadores —si no el mejor, no recuerdo exactamente—del fútbol argentino. Lo declaró en una entrevista que le daba a Fernando Niembro. Pero antes de seguir con esto, es imperioso hacer un par de juicios objetivos. Primero: Alfaro es ese desgraciado cuyo equipito le ganó el domingo pasado a Boca gracias al envalentonamiento que le procuró hacer un gol tempranísimo. En segundo lugar, comenzaré con la siguiente pregunta: ¿quién es Fernando Niembro? Pues bien, es un periodista deportivo no del todo desagradable, pese a ser de una mentecata volubilidad y pese a decir boludeces con significativa frecuencia. Ahora sí puedo retomar lo que decía. Niembro entrevistaba a Alfaro antes de los partidos que Arsenal jugaría con Boca en la fase de grupos de la Libertadores que está por terminar. Pero lo que nos interesa aquí es que, antes de expresar su admiración por Mouche, Alfaro explicó algunas de sus propias características de cuando era jugador. Dijo que no la metía. Creo que jugaba en el medio, pero si era abajo es igual. Lo importante es que no era delantero, que había reconocido, según dijo, su limitación en lo que tocaba a sacudir la red contraria. Fue después de soltar este dato autobiográfico cuando el técnico elogió a Mouche. Y yo, pese a lo aguado que es Alfaro, le presté mucha atención, aunque sin saber por qué… Ambos simpatizábamos con Mouche. Pero, ¿a qué se debía esto? ¿A que Mouche era un lindo mozuelo y a que el técnico y yo éramos un par de putos reprimidos? Desde luego que no, qué va (si bien no puedo asegurarlo en el caso de Alfaro). Creo que el motivo principal por el que teníamos afición por Mouche era futbolístico en la superficie, pero dramático en lo profundo.

Pablo Mouche II
Tiempo atrás, según parece, Pablo Mouche casi no hacía goles, pese a jugar adelante. Esto ocurrió antes de que yo volviera a aficionarme por el fútbol —esta vez más que nunca— y en particular volviera a seguir a Boca. Pero bueno, he oído que Mouche no andaba nada bien y que lo puteaban. Parece que esto frustró al muchacho durante un tiempo. Luego, según el mismo dijo, “practicó la definición” y en los últimos meses se convirtió en goleador de Boca. Pero ya hace varios encuentros que no anota, como decía, y el fantasma del arco cerrado vuelve a acecharlo. En cualquier caso, lo relevante aquí es que a Mouche le cuesta definir. Este jueves 21 de junio quedó bien demostrado. Yo miraba sus yerros y, tan frustrado como él, me decía qué fáciles hubieran sido todas esas ocasiones para Messi —cosa que a la vez me hacía pensar en lo bueno que sería ver al Messi de ahora recibiendo esos pases de Riquelme…—. Pero dejemos al Messi a un lado y hablemos de nosotros: de veloz Mouche, del aguado Alfaro, y del genial Postolov. No obstante, lo que tenemos que decir de nosotros es, prima facie, muy poco: que nos cuesta definir. A Pablito ahora en el Boca real, a Alfaro cuando era joven, y a mí en el Barcelona virtual. Encima ahora juego PES, que es más rápido que FIFA… Por lo demás, quizá ahora resulte evidente que la afición que Alfaro y yo sentimos por Mouche yace en un motivo mucho más artístico que deportivo: la identificación con el héroe. Queremos a Pablito porque lucha por mejorar su déficit, por lograr la frialdad del goleador ante el arco.
Tal vez Alfaro niegue esta motivación semiconsciente que yo le atribuyo. Tal vez insista solamente en lo buen jugador que es Mouche más allá de los goles que haga. Y algo de esto hay, porque realmente Mouche es un buen jugador. Tiene notable velocidad para desbordar por las bandas y tira buenos centros, o incluso pases atrás, definitivos… Sin embargo, pese a estos méritos significativos, no creo que Mouche sea el mejor jugador del fútbol argentino. Tampoco creo que el hincha de Boca lo quiera demasiado, ni siquiera luego de la pequeña racha de goles que tuvo en el último tiempo. Los que más podemos querer a Mouche, desearle el bien, ansiar que anote más goles, alegrarnos particularmente con él cuando lo haga, somos aquellos que en el fútbol, sea real o simulado, nos cuesta definir. Yo soy uno de ellos. He sido injustamente derrotado muchas veces. Me he cansado de bailar a oponentes, presenciales u online, que sin embargo me ganaron el partido a causa de mi desacierto con la red. Esto es en extremo frustrante. Por lo demás, es natural que un simplón como Alfaro enseguida se haya resignado a no meterla. Incluso es posible que Pablito esté a punto de claudicar. De hecho, hace poco lo escuché decir que él no era un goleador. Lo dijo con un tono especial… Creí comprenderlo. Había un levísimo quebranto en su voz. En un fondo recóndito, enterrado, parecía esconder temblorosas lágrimas de frustración. En el vórtice del túnel del tiempo. Sí, me daría pena que Pablito se rindiera, pero yo no lo haré. Eso no es opción para mí. No voy a negar que el del goleador es un don que por suerte no todos tienen; de lo contrario, no existirían ni el Tarzán de La Pobla ni el Faraón de Camas. Pero como yo, en todas las cosas que hago, quiero ser un matador, alguien que sólo hace lo más difícil y glorioso, no puedo, en el fútbol, renunciar a ser un 11, o un 9, o, pese a no ser zurdo, un 7.

Pablo Mouche III
El tema de que la pelota entre es, en mi opinión, un caso especial del tema más general del factor anímico y psicológico en el fútbol y, por extensión, en todas las actividades humanas que involucran una poderosa lucha por la consecución de un fin concreto. Ya hice mis primeros escarceos en relación al tema anímico en entradas anteriores de este blog. Pero, como quedará claro, más que del tema anímico, habría que hablar del tema de la caída anímica. Pues bien, el desarrollo de este tema, según espero, se dará aquí en entradas futuras. Sin embargo, ahora no quisiera dejar de mencionar, sin desarrollarlas, algunas de las ideas sobre el particular que, desde hace tiempo, orbitan el centro estelar de mi alma.
En la cuestión de la caída anímica, considerada muy en general, aparecen factores tales como la presión, los nervios y la claudicación de la fe. Ejemplos arquetípicos de estos tres factores son, respectivamente, la presión que una gran estrella del fútbol puede sentir a la hora de patear un penal importante; lo nervioso que se pone aquel a quien le cuesta definir cuando se queda mano a mano con el arquero; la vergonzosa depresión en que suelen caer los equipos cuando les meten uno o dos goles —lo que hace que ya den todo por perdido y, en consecuencia, jueguen como mariquitas—. Todos estos son, desde ya, factores psicológicos, que poco o nada tienen que ver con las condiciones o habilidades físicas para el juego, o con cualquier cuestión técnica. Ahora bien, los tres factores tienen un denominador común, a saber, el miedo. Así el crack que siente presión tiene miedo a que en el juego no suceda lo que se supone que debería suceder, o que sería natural que suceda. Y así el que se pone nervioso cuando llega el momento de definir siente miedo a desaprovechar la oportunidad, porque supone que difícilmente habrá otra. Por esto, el que se pone nervioso cuando se acerca al arco es similar en este sentido a cualquier jugador de la cancha cuya fe en la victoria es muy poca o ninguna. Y el que ha perdido la fe en el éxito es aquel que tiene miedo a su rival…, se diría… Pero más bien habría que decir que la claudicación de la fe es miedo a que sea imposible que ocurra lo que sin embargo puede ocurrir.
¿Son todos una manga de cagones? ¿Podemos reducir a esto todo el problema? En cualquier caso, resulta evidente que el factor psicológico en el fútbol es enorme. Y acaso sea precisamente por esta enormidad por lo que apenas es tematizado por los comentadores y periodistas del fútbol. Muy especialmente, apenas es tematizado por el sujeto que calificaría como “periodista deportivo puro” (según lo denominó Fabián Casas).

Pablo Mouche IV
De momento, considero tres maneras de combatir el miedo. La primera deriva de que, según parece, hay un factor biológico común entre el miedo y la cólera. En vista de esto, en ciertos casos puede ser recomendable tratar de trocar el miedo en ira; hecho conocido, por cierto, que también vemos entre los animales. Excitar una ira controlada que circule por las reglas del juego es preferible a permanecer en la depresión del miedo. En segundo lugar, aparece el bloqueo del pensamiento instado por el miedo. En determinadas condiciones no podemos evitar sentir miedo, pero sí podemos no ofrendarle los pensamientos que él exige. Si el bloqueo fuera perfecto, el miedo se desvanecería pronto. El tipo duro es aquel que, en lugar de tensar su cuerpo y dejar que su cabeza se desboque, relaja su cuerpo y endurece su cabeza. Por último, en tercer lugar figura la activación de un pensamiento adecuado que conviva con el temor en cuestión. Este es un tema complejo, porque es lindero con la cuestión de la fe. En cualquier caso, ha de ser recomendable ocupar la mente en el modo de destruir al enemigo en vez de hacerlo en recrear todos los pensamientos instigados por el miedo al enemigo mismo.
La cuestión de la fe es compleja, y no voy a entrar aquí en disertaciones infinitas sobre ella. Con todo, diré que para mí, en el fondo, es eso de aferrarse a la posibilidad de que lo posible y mejor sea real. En este sentido, el primer paso hacia la fe es el reconocimiento de que aun las cosas más descabelladas pueden ser el caso. El pesimista que juzga imposible lo bueno está vencido por el miedo, y no hay nada más eficaz que el miedo para favorecer el dogmatismo. (Todo el mundo sabe que el ateísmo es tan dogmático como el teísmo.) Luego, el camino hacia la fe radicaría en obrar enérgicamente “por las dudas” de que lo mejor sea verdadero. No se trata de tener la “esperanza” de los blandos, sino la energía de los que se aferrar a la mejor posibilidad. Un pensamiento reconcentrado en esta línea y acompañado de una acción enérgica que lo apuesta todo al objetivo, podrá aumentar nuestra dignidad. Incluso podría convertirnos en héroes. Tal vez podamos pelear con la elegancia y contundencia de Neo, mientras Morpheus, que nos observa a la distancia, comenta con solemnidad: Tal vez ha comenzado a creer. E incluso quizá no se trate tan sólo de la fe del actor, sino también de la fe del espectador. La parapsicología es una rama de la ciencia ficción, pero como tal pertenece al ámbito de lo posible, al igual que los unicornios… Tu equipo está jugando y vos lo ves por la tele. No estás en la cancha para cantar, gritar o putear. Estás en tu casa. Entonces tenés tres alternativas: “hacer fuerza” por tu equipo (le vaya bien o mal), dejarlo a la buena de Dios (tendencia infrecuente), o irte a la cama antes de que se cumplan los noventa (como a veces hiciste cuando le iba mal). Pero en el caso de que adoptaras la segunda o (peor aún) la tercera alternativa, ¿qué pasaría si la parapsicología no fuese solamente posible, sino también real? No podemos estar absolutamente seguros de que no es real, y menos de que no es posible. Y en el caso de que fuese real, quizá a nuestro equipo le hubiese ido mejor si lo hubiésemos “apoyado” desde nuestro living. Entonces, por las dudas: ¡apóyalo!, chaval.
Todas estas cosas serían una especie de apuesta de Pascal, pero no una que limite el disfrute de la vida. Soñar no cuesta nada, pero tampoco cuesta demasiado aferrarse a un sueño. Muy por el contrario, aferrarse al sueño de que lo mejor —que es lógicamente posible— sea real, es lo único que puede darle verdadero sentido a la vida. Es lo único que puede hacer que siempre queramos la vida, en lugar de permanecer en ella por el temor al dolor de la muerte.
Pablo Mouche V
Para terminar, volvamos al caso concreto de un delantero, digamos un extremo derecho, un siete de Boca, como Mush…  Mirá, Pablito: una vez supe de unos gordos que usaban vestido —chinos, japoneses, qué se yo; orientales— y tiraban con arco y flecha. Eran una gordos pelados, que te decían que la clavarían en el centro del blanco. No había opción: si hacían las cosas bien, el fracaso no era una alternativa. Esos gordos tiraban casi sin apuntar a un blanco muy distante. El truco era, sencillamente, establecer una unión mística entre el blanco y la flecha que estaban a punto de soltar. Había una unidad entre los gordos, el arco, la flecha, el blanco, ¿el mundo? Acertar en el blanco era como si uno se tocase la rodilla con la mano. El arco y la flecha, el distante blanco, eran parte de su cuerpo. Y para esos gordos la cosa no era broma, y parece que la clavaban de verdad… Había comunión entre la pelota y la red. Los gordos eran uno con el universo.
No sé, Pablo, pensalo. Tenés la misma edad que Messi, pero eso no debería pesarte. Sos zurdo como él, y, para mí, tanto él como vos deberían jugar siempre por la derecha. Acaso pensás en él cada noche, antes de acostarte. Eso no sería malo, Pablito, porque un Messías está para seguirlo.

 


domingo, 17 de junio de 2012

¿Debo tomar LSD?



Cefalea en racimos





¿Debo tomar LSD?
Tuve dolores de cabeza desde que era muy joven. Esos dolores no eran lo que normalmente se considera un dolor de cabeza. Sin embargo, para matizar esta afirmación, debo confesar que ni siquiera sé a qué se refiere la gente cuando dice que le duele la cabeza. Puedo entender lo que le pasaba a esas viejas ridículas, las cogotudas de las telenovelas de antes, a las que se les “partía” la cabeza, pero solamente como puro teatro. Sólo los que tuvieron un dolor de cabeza como el mío saben lo que es realmente un Dolor de cabeza. Los dolores de cabeza comunes, de esos que la gente dice que tiene, apenas los tuve, si es que los tuve alguna vez. Realmente no estoy seguro de haberlos tenido. Probablemente ello se deba a que, comparados con los dolores de cabeza que yo tuve, esos dolores comunes siempre me parecieron insignificantes. Dolores de cabeza, para mí, son los que tuve yo (y otros de mi especie). Eran dolores…, como decirlo…, infinitos…
En cierto modo, estas experiencias no pueden comunicarse realmente. Sólo las “conoce” (cualitativamente) el que las ha tenido. Y sólo pueden describirse en sentido metafórico, o abstracto, o científico… Esto es obvio, desde luego, pero no por ello deja de encerrar los problemas más enormes de la metafísica. Sin embargo, tales problemas —considerados normalmente en términos de la primera y a la tercera persona— no vienen al caso en esta entrada. Sí viene al caso, en cambio, que cuente que en realidad tengo dos tipos de dolores de cabeza. Por un lado, los ya aludidos dolores tremendos, “infernales”; por otro lado, un dolor soportable, “terrenal”. Pese a su intensidad moderada, este segundo dolor tampoco es un dolor común. En lo que a nombres concierne, la cefalea del infierno se denomina, entre otras varias maneras, “cefalea en racimos”, y la otra, la más terrena, “cefalea tensional”. Cefalea tensional tengo ahora, mientras escribo. La tengo casi todo el tiempo. La he tenido casi todo el tiempo desde que era muy joven. La tuve desde que me enfermé jodido por primera vez. Eran principio de los noventa, o tal vez exactamente 1990. No importa. En realidad, no me importa mucho mi cefalea tensional. Con todo, señalaré que los que la tenemos, solemos describirla como un dolor “tipo bincha”. Algo está haciendo tacto con tu cabeza, como si en verdad se tratase de un objeto exterior a la piel. No es tan simple como eso, sin embargo. Podría dar muchos detalles y ser mucho más exacto. Podría decir, por ejemplo, que en realidad no he tenido esta cefalea todo el tiempo, sino más bien todo el tiempo en que mi actividad psíquica fue intensa. O podría precisarlo aún más y decir que la he tendido sobre todo cuando mi actividad psíquica del momento aún no se ha tornado estable, no ha alcanzado un ritmo estacionario. Valgan estas aproximaciones. Despachemos ya mi cefalea tensional. Hablar mucho de ella me hace sentir un poco maricón.
Yo no sabía que lo que tenía se llamaba cefalea en racimos. Lo ignoré durante unos veinte años. Y al fin, hace cosa de unas semanas, me enteré. Hastiado de ver los canales deportivos, empecé a ojear los de documentales. National Geographic Channel, me parece, ya no es lo de antes. En cualquier caso, ahora pasa documentales sobre drogadictos, deformes físicos, sadomasoquistas, enfermos mentales, presidiaros, pervertidos sexuales, posesos, cosas así. Cosas tipo morbo, tipo freak (como está de moda decir) y similares. En la época de los reality show, los programas de documentales tienen que tratar mucho sobre esos temas para tener alguna posibilidad de rating. Igual no sé. Que ése sea casi todo el contenido (o por lo menos el mayoritario) me hace pensar. Pero éste tampoco es el tema aquí. Entonces retomo el tema y digo: de madrugada veía yo uno de esos documentales en NatGeo. Esta vez era sobre drogadictos. Pero era un tanto especial, porque versaba sobre las posibilidades terapéuticas de los alucinógenos. La cosa iba interesante, pero, en lo que a mí tocaba, puramente contemplativa. El tema me era ajeno porque yo no tenía experiencia con ese tipo de drogas, ni tampoco la intención de tenerla. Y todo siguió así hasta que… ¡zas!: un tipo usaba un alucinógeno para combatir sus dolores de cabeza. La droga estaba en un hongo, los dolores de cabeza eran extremadamente intensos, etcétera. Era lo mío.
“Hongos mágicos”
Creo que se trataba de los llamados “hongos mágicos”. En ese caso, la droga sería la psilocibina. El tipo se daba unos viajes de puta madre con esos hongos, y, supuestamente por eso, no tenía más dolores de cabeza. Parece que el tipo, al igual que yo, se enteró por Internet de que lo suyo se llamaba cefalea en racimos y de que esos hongos constituían una de las posibilidades para combatirla. Primero el tipo le había dado al oxígeno. El oxígeno, al parecer, está indicado para la cefalea en racimos. En un flash-back, se lo mostraba al tipo aspirando una bolsa con algo que, interpreté yo, era oxígeno. El tipo tenía un dolor desesperante. Un suplicio. Era el momento del llanto y del crujir de dientes. Tal vez el oxígeno funcionaba con él, pero, en todo caso, no demasiado. Los hongos mágicos, en cambio, lo habían salvado. Él mismo los cultivaba, cosa que requería un delicado proceso. De paso el tipo se pegaba unos viajes copadísimos, podría suponerse. Sin embargo, el documental no sugería que la experiencia fuese agradable, sino más bien al contrario. No sé si fue durante el documental mismo o después en Internet cuando me enteré de que algunos investigadores también estaban probando, para el mismo fin terapéutico, con el LSD. Esa madrugada Wikipedia vino al poco tiempo del documental. Ya con el documental había comenzado a alterarme, pero lo que leí en Wikipedia… Conmoción.

Cefalea en racimos (Wikipedia)
«La literatura médica describe el dolor de la cefalea en racimos como el más intenso que un ser humano puede soportar sin perder la conciencia.»

También entré en un foro dedicado a este mal. Leí algunas observaciones y comentarios. Igual no miré mucho en ningún lugar, porque todavía no era el momento de estudiar el tema… Mi estado psicológico era complejo, con sentimientos encontrados. Pero esperen un momento, lo describiré después. Por lo pronto quiero refrendar lo que dice Wikipedia. No sé cuán fidedigna es la cita anterior, por supuesto. Es vox pópuli que hay que tener cuidado porque en Wikipedia te pueden llegar a mandar cualquiera. Pero en lo que a mí respecta, la cita dice la verdad. No me consta que la “literatura médica” describa así ese dolor, pero, si no lo hace, debería describirlo. —¡Oh! ¡Cuánto sufro!— Yo cuadraba perfectamente con el arquetipo del que padece cefalea en racimos. Lo mío era todo tal cual posta pulenta como lo decía ahí. Para mí no habían dudas de que la entrada de Wikipedia hablaba de tipos que tenían lo mismo que yo. Aquellos dolores de cabeza carecían de todo límite. Eran dolores por encima de los cuales sólo cabía el desmayo, la inconciencia.
Lancé un chorro inesperado
Hace mucho tiempo, cuando yo vivía en el campo, me dio un ataque al despertar. Uno se despierta con el nacimiento del dolor. Podría considerarse que primero te despertás y que luego viene el dolor, pero yo creo que es al revés: el dolor mismo es el que te despierta. Igual no estoy seguro. Pues bien, yo era medio pendejo y vivía en el campo. Me desperté y el dolor, saltando de cumbre en cumbre, ascendió hasta niveles excesivos… Hummm… Trato de recordar bien… Ahora creo que el dolor se me fue pronto y que me quedé en la cama. Mi madre, que no sabía qué hacer, me trajo algo de comer. Comí algo en la cama. Al poco volvió el dolor, pero esta vez más fuerte, en un costado de la cabeza. Suele ser a un costado y arriba, y en mi caso siempre en el mismo lugar. Era extremadamente intenso. Se me saltaban las lágrimas. Me retorcía, además. Me entrelazaba con las sábanas y las cobijas. Luego vomité. Fue de golpe, de súbito, de pronto. Lancé un chorro inesperado. La crisis cedió en el acto. Mi padre, que allá por los ‘70 se había asustado con El Exorcista, me homologó con Linda Blair. Yo estaba poseído por el diablo. Eh bien. Desde que se convirtió, mi padre siempre fue un fanático religioso. Yo describía mi dolor como si tuviera un cuchillo clavado en la cabeza, arriba y al costado, como dije. Y un tipo removía el cuchillo. A veces lo giraba un poco para un lado y después un poco para el otro. Otras veces lo giraba en un solo sentido, taladrándome. En el primer caso, parecía afanarse por astillar el hueso en la periferia del acero, y así, al fin, partirme la cabeza; en el segundo caso, sin embargo, parecía obsesionado con lograr un agujero prolijo, circular, bien recortado en mi cráneo. La idea era causarme el mayor dolor posible. Supongo que este tipo de descripciones no ayudaban a que mi padre se cuidara de que me vieran los médicos. No ayudaban a que sus opiniones fueran un poco más biológicas. Opiniones como las mías, que, en mi ignorancia, coqueteaban con un cáncer de cerebro.
La última vez que tuve un período de cefalea en racimos fue en 2009. Esto sorprenderá a algunos, pues, podrán pensar, ya estoy curado y, pese a haber aparentado hablar de algo vigente, he estado hablando de mi pasado. Sin embargo, a veces la cefalea en racimos remite durante años…, hasta que el dolor —“la bestia”, como le dicen en el foro aludido— ataca de nuevo. No diré nada más aquí sobre las características de la enfermedad. Vayan a Wikipedia, o al foro, o… Por supuesto que me gustaría ya no volver a tener cefalea en racimos, aunque no me hago muchas ilusiones. Espero que ella ya sea cosa de mi pasado, pero lo dudo. Especialmente estos días…, estas últimas semanas… Ir repetidamente al artículo de Wikipedia para escribir esta entrada…. Sobre todo, ver una y otra vez el dibujo que aparece en ese artículo… Pensar en esta entrada, disponerme a escribirla, escribir un fragmento de ella… Estas cosas no me ponían bien. Me sentía, por ejemplo, proyectado a 2009. Año de angustia para Jacob. Y no sólo por el violento período de cefalea, sino también por otros motivos. Por ejemplo, ese año falleció mi abuela rusa, con la que había vivido toda mi vida. Pero, más allá de recuerdos espantosos, experimentaba cierto pánico. No era un pánico de putos, se entiende, sino el miedo del héroe. No, yo no era un panicoso más. Sentía miedo, es cierto, pero sobre un trasfondo épico y romántico. Desde ya, el temor tenía como objeto la posibilidad de ingresar en un nuevo período de cefalea en racimos. Todo era oscuro en mi alma, es cierto, pero a la vez majestuoso. Un viento helado soplaba en la cima de la montaña. Mi destino trágico estaba sellado.
Seguro que me recetarán LSD
Así pues, yo era un héroe épico, trágico y romántico. Estaba en condiciones de soportarlo todo con el fin de salvar al mundo. De hecho, ya lo había soportado todo. El hecho de mi pasión era un fatum. Además, participaba de una drama cósmico y trazaba una epopeya. Me tragaba el universo. En eso de sufrir, no me había andado con chiquitas. Pero lo mejor de todo era que había sobrevivido. Incluso era muy posible que yo fuera inmortal. Mi reino se extendería por un sin fin de generaciones y sobre todos los infinitos mundos… Pero no quisiera dar una impresión exagerada. No podía negar que yo tenía bastante de héroe homérico, shakespeariano y byroniano, pero eso no era todo. Lo mío no era mero “clasicismo”, porque yo también era moderno. Estaba destinado a la psicodelia. ¿Debía tomar LSD? ¿Otras drogas alucinógenas? ¿Psilocibina? ¿Debía cultivar mis propios hongos mágicos? Algunos doctores trabajaban con estas drogas. El tipo del documental se tomaba a sus hongos muy en serio. El tipo del documental decía que, en su caso, la única alternativa a drogarse con esos hongos era el suicidio. Puta, me decía yo: lo he sufrido todo. Yo, que siempre había considerado la tortura como lo más abominable, había caído en sus garras. ¿Debía fundirme con el mundo? ¿Viajar al otro extremo de mi egocentrismo? ¿En qué estarían pensando los médicos? Seguro que me recetarían LSD. Claro, mi caso no sería como el de esos drogadictos medio roñosos que no tenían un carajo que hacer. Jipis del orto. No, lo mío iría por una vía diferente. Mi estirpe olímpica tenía una rama que pasaba por William Blake, Aldous Huxley y Jim Morrison… Uy, me falta leer el librito de Huxley, Las puertas de la percepción; pero está en mi rolliza biblioteca. Una hora de lectura. Eh bien. En cualquier caso, no se podrá negar que yo era uno de esos tipos que sabían ver el lado bueno… infinito… de las cosas.